El presente blog es para dar a conocer libros que yo he leido, lo que les recomiendo, algunos análisis de estos, principalmente me gusta leer novelas, poesía y teatro.
Espero les guste.

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domingo, 29 de septiembre de 2013

Las chicas de alambre cap.5

V
Cuando abandoné el estudio de Carlos Sanromán, algo menos de media hora después,
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todavía diluviaba y la modelo seguía abajo, en el portal. Sacaba la cabeza a la búsqueda
de un taxi que no aparecía ni a tiros. La cortina de agua, primaveral, generosa y
abundante, era capaz de empapar con sólo dar una docena de pasos.
Me detuve a su lado porque yo tampoco llevaba paraguas, aunque con el coche tan cerca
no me hacía falta.
—Hola —dije de forma afable.
Giró la cabeza, me reconoció y se quedó tal cual.
—Hola —me correspondió sin entusiasmo, más preocupada por la lluvia que por otra
cosa.
—Tengo el coche ahí —me ofrecí—. ¿Quieres que te lleve a alguna parte?
Volvió a mirarme, con un poco más de interés, pero también con las dudas habituales. A
una chica como ella debían de pegársele los tipos como lapas. De todas las edades.
—¿Eres modelo? —inquirió.
—¿Yo? —me sentí halagado—. No, no.
—Pero estás metido en el tinglado —continuó, tras echar un rápido vistazo a mi ropa y a
mi forma de llevarla.
—¿Qué clase de tinglado?
—Pues... el tinglado —se encogió de hombros.
—Trabajo en Zonas Interiores —la informé.
Enarcó las cejas. Cuando recuperó su aspecto normal lo había dulcificado un poco. Me
daba un margen de confianza.
—La verdad es que me harías un favor —reconoció—. No voy lejos, pero con lo que
cae...
—¿Adonde vas?
—Tengo un casting en la Gran Vía con Rambla de Catalunya, y como llegue muy tarde...
Fotografías, algún pase de peinados, zapatos o moda, salir de extra en cualquier película
o de azafata en cualquier programa estúpido de la tele... Supervivencia. No tuve que
preguntarle más.
—De acuerdo. Tengo el coche ahí.
No se movió. Lo dicho: una docena de pasos y bastaban para calarse.
Capté su intención.
—No te preocupes. Voy, desaparco, paro aquí delante, te abro la puerta y te metes, ¿vale?
Logré hacerla sonreír.
—Vale —suspiró.
Soy amable con las chicas. Un defecto como otro cualquiera. Siempre he intentado
tratarlas bien, aunque ellas me traten mal. Tal vez sea porque no las entiendo, porque
crecí con una madre fuerte haciendo de padre, o porque soy un romántico. Me puede un
rostro bello, o alguien del sexo opuesto con el suficiente carisma como para hacerme
soñar, estremecer.
Salí del amparo del portal, caminé pegado a la pared con las llaves ya en la mano, me
precipité sobre mi coche y me colé dentro. No fueron más allá de unos dos o tres
segundos bajo el aguacero, y bastaron para que lo notara de arriba abajo. Luego cerré la
puerta, puse el motor en marcha, desaparqué y rodé despacio hasta situarme delante de
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mi nueva amiga. Le abrí la puerta.
Se metió casi de cabeza en el coche.
Después cerró la puerta y agitó el cabello, para sacarse el agua de encima. Lo tenía muy
negro, ensortijado, largo hasta la altura de los hombros. Sus ojos también eran negros, y
su labios, generosos, anchos. Tendría unos diecinueve años, veinte a lo sumo. Pero eso
era ahora que la veía de cerca. De lejos, o maquillada, podía aparentar la edad que
quisiera, treinta incluso. Y ya la había visto sin ropa, así que sabía que era sugestiva.
—Gracias —suspiró, una vez recompuesta su imagen.
—¿Cómo te llamas?
—Sofía.
—Sofía qué más.
—Sólo Sofía.
Como Vania. Sólo Vania. O Cyrille.
—Yo me llamo Jon Boix.
—¿John? —lo anglosajonizó.
—No. Jon. Jota-o-ene. De Jonatan.
Apareció un coche por detrás y me hizo señales con las luces, así que arranqué de nuevo
dirigiéndome a mi destino como chófer suyo. Nada más salir a la avenida, nos metimos
en medio del mogollón del tráfico.
—¡Maldita sea! —rezongó la modelo—. ¡Como no llegue antes de quince minutos!
—Llegarás.
Tenía que cumplir mi palabra, así que me esmeré en la conducción. De todas formas,
tuve suerte. En primer lugar, paró de llover a los cinco minutos, casi de golpe. En
segundo lugar, acerté al desviarme en busca de un camino más largo pero también menos
conflictivo.
—¿Qué clase de coche es éste? —preguntó, mirando mi dos-plazas con admiración.
—Un Triumph. Es un clásico.
—Ya, ya —su tono era evaluador—. Prefiero las motos, pero reconozco que no está mal.
—Tengo también una Harley.
Eso fue definitivo.
—Oye, ¿qué haces en Zonas Interiores?
—Reportajes y fotografías.
—¿Freelance?
—No, estoy fijo.
Tenía ganas de preguntarle cuánto tiempo hacía que se dedicaba a posar, pero me
abstuve. Su edad real no se correspondía con la anímica. Daba la impresión de estar muy
curtida, de ser muy adulta, o también de haberlo pasado mal. A los diecinueve o veinte
años, muchas eran veteranas en un negocio que cada vez las exigía más jóvenes y las
quemaba antes. Si no recordaba mal, las últimas ganadoras del concurso Élite Premier
Look, certamen anual de nuevos rostros de la agencia Élite, una de las más importantes
de Francia, tenían quince años: Yfke Sturm, Emma Blockstage, Sandra Wagner... A
veces yo alucinaba. ¿Cómo se escogía a la mejor entre cien chicas verdaderamente
excepcionales, bellísimas, llegadas de todo el mundo? ¿Por qué la afortunada vencía y se
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convertía en la nueva top del año, la promesa del futuro? ¿Era aquello de lo que había
hablado Carlos Sanromán, ese algo indefinible que tiene una entre un millón, casi
mágico, que te atrapa y te enamora, seas de donde seas, tengas la edad que tengas y hagas
lo que hagas, mientras seas un ser humano con emociones? Trece, catorce, quince años.
Con la edad de Sofía, una modelo ya sabía a dónde podía llegar, qué podía esperar de la
vida y de su carrera.
Muchas se prostituían antes.
No pudimos seguir hablando. Llegábamos ya a nuestro destino.
—No tengo nada que hacer —mentí de pronto—. ¿Quieres que te espere y luego
tomamos algo?
Consideró mi oferta. Pero más debió de considerar el hecho de que yo fuese periodista y
fotógrafo y trabajase en Zonas Interiores, para qué engañarme. Sus dudas mentales
fueron escasas y las solventó con gran rapidez.
—De acuerdo.
Me metí en el parking directamente, y subimos a la carrera porque el tiempo ya se le
había echado encima. El casting se hacía en una agencia de reparto de una productora.
Buscaban personal para una serie de televisión. Había que cubrir varias plazas de chicas
de entre dieciocho y veintidós años, una secretaria, una estudiante, una hermana
pequeña...
Quedamos en la puerta, pero no me conformé con esperar. Siempre podía sacar mi
credencial de periodista si alguien me preguntaba. Pero no me preguntaron. Por allí iban
tan de cráneo como nosotros en día de cierre. Por un lado estaba la cola, todavía una
docena de monadas con sus carpetas de fotos y sus currículos profesionales, y por el otro
los que tomaban los datos y los que hacían las pruebas, cámara en ristre, en una
habitación cuya puerta se abría y cerraba a una velocidad de vértigo y que apenas si intuí.
La chica que estaba más tiempo dentro no sobrepasaba el minuto. Debían de pedirle que
dijera algo, la filmaban, y adiós. Conocía el resto: «Ya la avisaremos si hay algo,
señorita.»
Nunca llamaban.
Alguien conseguía el trabajo, el papel, pero a veces parecía que fuese un «alguien»
ficticio, irreal. Para la mayoría, todo consistía en intentarlo, y esperar un milagro, un
golpe de suerte, que el productor o el director descubrieran algo que nadie había
descubierto todavía.
Miré a Sofía, en la cola, concentrada leyendo el papel que le habían dado.
Era la más guapa, alta y sexy de las que esperaban, de largo, pero eso no servía para ser
buena actriz. Ni siquiera mediocre. Muchas modelos lo probaban creyendo que sí, que
era suficiente. Aquél era un extraño mundo en el que no siempre salir de la media servía
para algo bueno. Las desilusiones, los desengaños, eran mayoría.
Pese a lo cual, cada año, una generación de nuevas adolescentes que se convertían en
aprendices de mujeres soñaban con ser modelos, con lucir hermosos vestidos en las
pasarelas, viajar, ser famosas, ir a fiestas, ganar cinco millones de pesetas por día, y
enamorar a cantantes de rock o por lo menos a modelos masculinos tan de película como
lo pretendían ser ellas.
Sofía estuvo cuarenta segundos tras la puerta.
Algo me dijo que no era buena, pero que al menos tenía jeta, morro. Ignoraba si sería
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suficiente, aunque pensé que no.
Bien, tal vez hablar con una modelo de carne y hueso, aunque no fuese una top, ni tan
sólo una de las de pasarela, me ayudase a realizar un mejor cuadro mental de Vania.
O a lo mejor lo único que pretendía era ligar.
—¿Nos vamos? —se plantó delante de mí con su misma cara inexpresiva.
—¿Qué tal?
—¿Tú qué crees?
Mejor no preguntar.
Salimos a la calle y cruzamos la calzada para sentarnos en la terraza del Otto Sylt.

Las chicas de alambre cap 6 y 7

VI
Ya no llovía, y la terraza instalada sobre la acera de Gran Vía, al estar cubierta, tenía los
asientos secos, o sería que los empleados acababan de volver a ponerlos no hacía mucho.
Algunas mesas estaban ocupadas y hasta el sol pugnaba por salir rápidamente por entre
las nubes más pertinaces.
Cuatro estudiantes ociosos de una de las mesas cubrieron a Sofía con cuatro densas
miradas. Por sus caras adiviné sus pensamientos. Yo también había jugado a eso siendo
más jovencito. Luego me miraron a mí, valorando qué tenía yo para estar con una chica
tan guapa. Volvieron a lo suyo, aunque de todas formas me puse de espaldas a ellos. El
efecto «catártico» de las modelos, aunque a lo mejor nadie sabe que lo son al verlas, es
bastante sorprendente. Bueno, Sofía simplemente era atractiva. Tal vez no fuera el morbo
interno de toda modelo o candidata a serlo.
Aún no habíamos hablado cuando ya se nos acercó el camarero. Yo solamente quería
tomar una cerveza; pero, dada la hora, no me sorprendió que Sofía pidiera un bocadillo.
—Podíamos haber ido al lado —le sugerí, señalando el restaurante contiguo, La Tramoia,
especialista en tapas rápidas pero buenas.
—Da igual.
Tuve que resignarme al fallo.
—Te debo una cena, ¿vale?
—Vale —aceptó.
Nos quedamos mirando unos segundos, dos o tres, hasta que ella se movió inquieta. Algo
me dijo que vivía muy a salto de mata, y que era un nervio activo no siempre tensado en
la dirección adecuada.
—Me encanta tu cabello —dije patosamente.
—Gracias.
Y los ojos, y los labios, y el cuerpo, y las manos.
—¿Eres amigo de Carlos Sanromán? —le tocó el turno a ella.
—No. Era la primera vez que le veía.
—¿Algo de tu trabajo?
—Sí. Estoy investigando lo que pudo ser de una famosa modelo de hace diez años:
Vania.
—La conozco. Me enseñaron fotos de ella en la academia.
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—¿Fuiste a una academia de modelos?
—Un tiempo, sí, hasta que me cansé. Valiente panda.
—Pues sigue siendo lo mejor para que te enseñen el oficio.
—Ya —no pareció estar muy de acuerdo con mi apreciación, aunque me parece que sabía
que era verdad, porque después le cambió la cara de fastidio a resignación, como si no
quisiera contarme más—. No se ha vuelto a saber nada de ella, ¿verdad?
—¿De Vania? No, nada. Murieron sus dos amigas, Cyrille y Jess Hunt; el novio de esta
última mató al dueño de la agencia que las tenía contratadas; después, a su vez, murió él,
y tras eso, Vania desapareció.
—¡Jo, no me extraña!
—Bueno, el caso es que nadie puede esfumarse diez años sin dejar rastro.
—¿Tienes alguna teoría?
—Sólo puede estar muerta o viva.
Logré hacerla reír, aunque no había sido mi intención.
—¿Llevas mucho con el tema?
—He empezado hoy.
—¿Y cuánto tiempo dedicas a investigar algo como eso?
—El que haga falta.
—Pues deben de pagarte mucho.
Sabía que después de dejarla compraría Zonas Interiores para buscar algo que hubiese
escrito yo. Y sabía que no tardaría en averiguar que me llamo igual que la directora y
editora, porque siempre he firmado Jon Boix Montornés, así que se lo dije.
—Tengo un sueldo, sí, haga lo que haga. Pero también la suerte de ser bueno, de ser hijo
de dos grandes profesionales del periodismo y la fotografía de los que aprendí, y de que
ella sea la propietaria y directora de Zonas Interiores.
Arqueó las cejas. La había sorprendido bien.
—Genial —movió ligeramente la cabeza de arriba abajo—. Eso es lo que llamo yo tener
las cosas bien agarradas. ¿Y tu padre?
—Murió en un accidente de coche en el que también mi madre salió bastante malparada.
—Lo siento —noté cómo se estremecía—. ¿Tienes hermanos o hermanas?
—No.
—Yo tampoco —me miró a los ojos de una forma especial—, y mi padre también murió
cuando yo era niña.
—Vaya, parece que eso de que «Dios los cría y ellos se juntan» es cierto.
—Oye, ¿tú crees lo que dijo John Lennon, que crecer sin padre te hace paranoico?
—No lo sé.
—Un poco raros sí somos, ¿no?
—Depende. ¿Cómo es tu madre?
—Está loca.
—¿Vives con ella?
—No, con una amiga. Compartimos un pequeño piso de dos habitaciones y paredes de
papel. Pero está bien. Me «abrí» hace ya tres años. No la aguantaba. Tampoco es que me
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haga mala sangre con eso: vive con una hermana soltera, así que está bien. «Dándome la
vara» de continuo, pero bien.
—¿Cómo decidiste ser modelo?
—Tenía doce años cuando hice el cambio, me estiré, me salieron todas estas cosas —
movió la mano con desparpajo por delante de sí misma—, y todo el mundo decía lo
típico, que si estaba muy buena y que si era muy guapa y que si esto y que si lo otro y que
si lo de más allá. Naturalmente lo que dijo mi madre era que a ver si pillaba un novio con
dinero y hacía una buena boda. O sea, que ser guapa me serviría para eso, ¿captas? Como
puedes imaginarte, me reboté. Lo que intenté fue buscarme la vida, pero también ser
libre. Sobre todo, eso: ser libre. No tener que depender de nadie salvo de mí misma, hacer
lo que yo quisiera y punto. ¿No decían que estaba buena? Pues fui a una academia y me
enseñaron a moverme, a tener gracia, a...
—¿Qué edad tenías?
—Dieciséis —me puso una mano por delante—. Ya sé que empecé tarde, pero mi madre
no quería pagarme las clases porque decía que acabaría siendo cualquier cosa. Tuve que
espabilarme, trabajar y pagármelo yo. No me ha sido fácil, ¿sabes?
—Nunca lo es.
—Ya, vale —asintió con la cabeza—. Pero por lo menos estoy en ello, tengo algunas
oportunidades y me busco otras. A veces me va bien y a veces me va mal. No creo en la
suerte, creo en el trabajo; pero reconozco que la suerte es necesaria. La suerte y conocer
gente. Una cosa te lleva a la siguiente, y así.
—No empezaste tarde —rectifiqué su aseveración anterior.
—Las grandes modelos han sido descubiertas siendo unas crías, tú. Con mis años, ya soy
mayorcita en este tinglado.
—¿Diecinueve?
—¡Aja! Casi veinte.
—¿Qué dijo tu madre cuando... ?
—Puedes imaginarte. Que si acabaría siendo una puta, que aunque lo lograra a los treinta
ya tendría que dejarlo y entonces qué, y todo ese rollo. Claro que aún tiene la esperanza
de que pille a un maromo rico, como si todas tuviéramos que acabar así.
—Es que los ejemplos de algunas modelos y misses españolas son bastante fuertes.
—Me interesa el dinero, mira, pero hacérmelo con un baboso por importante que sea.
—¿Qué harás si no te sale bien?
—Ni idea.
—¿De verdad?
—No quiero pensar en eso —me clavó sus ojos fieros—. Aunque si sigo así, no podré ir
tirando mucho tiempo. Por eso meto la nariz donde puedo, y hago pruebas para lo que
sea. Pero en cuanto te apuntas a un casting, te das cuenta de que hay cincuenta, cien,
doscientas que están como tú de buenas, y encima mejores, o se dejan hacer lo que sea
para conseguirlo.
Comenzaba a ser sincera.
—¿Trabajarías en alguna otra cosa?
—Hombre, no me voy a morir de hambre. Pero por lo menos habría de ser algo que me
gustase.
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—Lo importante es vivir.
—¿Quién dijo eso?
—Yo.
—Voy a tener que leer algo tuyo —exclamó sarcástica—. ¿Eres buen fotógrafo?
—Creo que sí; pero no de modas, claro.
Acentuó su sonrisa. El camarero se acercaba ya con el pedido, atravesando la calzada
lateral de la Gran Vía.
—Dame tu teléfono —me pidió, antes de que llegara.
Se suponía que eso debía pedírselo yo al despedirnos, o un poco antes, así que volvió a
ganarme por la mano.
Aunque no me importó.
VII
Mi puente aéreo con destino a Madrid salió veinte minutos tarde, lo cual, aun siendo
habitual, era como para respirar aliviado después de los últimos retrasos de hasta una
hora de la semana anterior. Me colé en el avión de los primeros, ocupé una butaca de
ventanilla, y repasé mis notas así como mi plan de acción durante los próximos días. Allí
estaba ya prácticamente todo, a quién debía ver y en qué orden, qué me interesaba y la
manera de enfocarlo. Había conseguido resumir artículos, documentación y datos acerca
de Vania, Cyrille y Jess Hunt hasta el punto de que lo llevaba todo encima, en una
carpeta. El artículo no sólo debía centrarse en Vania. Sus dos amigas formaban parte de
la misma historia. Había sido su muerte el detonante de que Vania dijera basta. Y el
reportaje debía hablar de esas muertes, de cómo unas chicas jóvenes, ricas, famosas y
deseadas habían muerto en la cumbre, justo por aquello por lo que habían luchado
siempre.
Eso representaría hablar de muchos temas, del mundo de la moda, del de las top models,
de drogas, de anorexias y bulimias, del éxito y del fracaso, de las fans, de los referentes
sociales, de por qué los mitos se crean y se destruyen y de por qué influyen tanto en la
gente.
Todo estaba en mis notas, mi equipaje de mano en los siguientes días, mientras durase la
investigación. Era el trabajo del día anterior.
Y no había sido fácil concentrarse.
Sofía revoloteaba de vez en cuando por entre mis pensamientos.
Vivía a salto de mata, tenía más problemas que no quiso contarme todavía, luchaba por
mantener el equilibrio en un universo donde eso es muy difícil. Tenía corazón, voluntad,
y era joven, pero no tonta. Me pareció casi desesperada, llena de rabia, como si el mundo
le hubiese prometido algo que después le hurtó, le escamoteó sacándole la lengua.
Muchas personas son totalmente incapaces de romper los espejos en los que se miran y
de los que se quedan enganchadas.
Romper los espejos.
Me sumergí en el repaso de todo aquello, para memorizarlo una vez más, y el vuelo de
cincuenta minutos se me pasó volando, y nunca mejor dicho. El avión aterrizó en Barajas
a las doce menos cinco de la mañana. No llevaba equipaje, así que salí, me metí en un
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taxi y le di la dirección de Vicente Molins.
El hombre que, ya con cuarenta años, había seducido a la madre de Vania y la había
embarazado.
Todos los hijos ilegales que se hicieron famosos, y pienso que también los que no se
hicieron famosos, por propia inercia humana, en un momento u otro buscaron a ese
hombre que un día hizo lo justo, lo mínimo, para darles la vida, aunque después les
dieran la espalda. Me venían a la mente algunos casos. Marilyn Monroe se había
reencontrado con su padre. John Lennon, aunque no fue ilegal sino abandonado cuando
tenía cinco años, también. Y Liv Tyler, la actriz, supuesta hija del cantante Todd
Rundgren, que ya mayorcita supo que su verdadero padre era Steven Tyler, cantante del
grupo Aerosmith, tras un desliz materno. Si Vania había hecho lo mismo...
Vicente Molins estaba retirado. Los datos que me consiguió Carmina acerca de él no eran
muy abundantes. Vivía en un céntrico piso de Velázquez, y poco más. En su vida real,
fuera de sus líos amorosos con Mercedes Cadafalch y, tal vez, otras, estaba casado y tenía
dos hijos. Los dos anteriores al nacimiento de Vania. Muy anteriores.
No tuve que hacerme demasiadas cábalas acerca de quién era la mujer que me abrió la
puerta. Superaba las siete décadas, así que según mis datos era Asunción Balaguer, la
esposa de mi objetivo. Le pregunté por su marido y me dijo que no se encontraba muy
bien de salud. Le dije que había venido de Barcelona para verle y eso la hizo ablandarse.
Pero cuando me preguntó por el motivo de mi interés, no le conté la verdad. Hablé de un
viejo negocio. Se extrañó; pero como buena esposa y madre de las de antes, ya no hizo
más preguntas. Lo suyo era estar ahí. Ni el escándalo de la paternidad de Vania había
hecho que dejara a su cónyuge.
Pasé a una sala muy noble. Todo el piso respiraba la misma nobleza. Vicente Molins era
un industrial catalán que había hecho fortuna en la España de Franco y se había quedado
a vivir en la capital del reino. Algo de lo más normal. Los hijos, si nacieron allí,
probablemente habrían provocado que los padres no regresaran a sus lugares de origen.
Negocios, nietos, la vida ya hecha.
El cuadro debía de ser bastante parecido al que imaginé.
Y cuando Vicente Molins fue entrado en la sala, se completó.
Digo que «fue entrado» porque lo llevaba su esposa en una silla de ruedas. Y digo que se
completó porque al verlos juntos tuve la extraña sensación de que allí el tiempo se había
detenido hacía muchos años. De pronto me di cuenta de que la sala era una especie de
mausoleo, llena de fotografías por todas partes, en la repisa de la chimenea, en dos
mesitas, en el piano —porque había piano—, y hasta en una de las paredes. Fotografías
familiares. Toda una vida. Él, ella, los dos hijos, los nietos y nietas...
A los cuarenta años, cuando había seducido a Mercedes Cadafalch, Vicente Molins debía
de ser un hombre atractivo, con encanto y cierto poder. Ahora la decrepitud le había
alcanzado de lleno. Más que delgado estaba enteco, sus ojos se hundían en los cuévanos
como si fueran taladros, apenas si tenía cabello y vestía una bata clásica, gris, a cuadros.
Las manos, huesudas, reposaban en los márgenes de la silla. Me levanté, me presenté, y
esperé a que ella se retirara, todavía suspicaz. Pensé que a lo mejor se quedaba tras la
puerta escuchando.
—Avíseme cuando hayan terminado —me advirtió—. Y no le canse mucho. Más de diez
minutos...
En el momento de quedarnos solos, el hombre me escrutó con mayor intensidad.
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—¿Le conozco? —quiso saber.
—Me llamo Jon Boix, y soy periodista. ¿Conoce Zonas Interiores?
—Sí.
Sus ojos se empequeñecieron aún más.
—He venido para preguntarle algo acerca de Vanessa, señor Molins.
Los cerró.
—Por favor... —musitó cansado.
—Va a ser muy breve.
No contestó. Debió de pasar así unos cinco segundos. Hasta que volvió a abrir los ojos y
los depositó en mí cargados de dolor.
—Vayase —me pidió.
—¿Quiere que escriba sin más?
—¿Otra vez? ¿Para qué...?
—Hace diez años que su hija desapareció sin dejar rastro.
—¿Y qué? Deje en paz el pasado. Mi esposa ya sufrió bastante cuando aquella revista
publicó la exclusiva de que el padre de esa chica era yo. Han pasado treinta y cinco años
y todavía...
—¿Sabe usted dónde está, señor Molins?
Me miró como si no pudiera creer que le estuviese preguntando aquello en serio.
—¿Yo? No.
—¿Nunca se puso en contacto con usted?
—No, ¿por qué iba a hacerlo? Fue un accidente. Fui su padre por un azar, nada más.
—¿Llama «azar» al hecho de que su madre estuviese enamorada de usted?
Bufó lleno de cansancio.
—Vayase, por favor —repitió.
Iba a llamar a su mujer. En unos segundos me echarían de allí.
—Señor Molins, no volveré a molestarle, le doy mi palabra. Sólo quiero saber si en estos
diez años...
—Ya le he dicho que no —fue categórico—. Su madre y yo tuvimos una historia, mucho
más seria por parte de ella que por la mía. Fue un error, y bien que lo pagué. Aunque me
porté como Dios manda con ella, reconocí a la niña, le di un apellido, y pagué su colegio
y alimentación durante años. En ese tiempo, Vanessa y yo no tuvimos ningún contacto, y
cuando se hizo famosa, aún menos. Renegaba de mí. ¿Qué podía esperarse? Lo entendí.
Nunca fui un padre para ella, ni lo habría podido ser aunque lo hubiera deseado. ¿Cómo
quiere, pues, que sepa ahora dónde puede estar? Tengo una esposa, dos hijos y cinco
nietos y nietas, una de las cuales pronto me hará bisabuelo. Déjeme en paz, por favor, se
lo ruego.
—¿Pudo ponerse en contacto Vanessa con sus dos hermanastros?
—¡No!
Fue casi un grito, y como reacción inmediata se abrió la puerta de la sala y apareció su
esposa. Vicente Molins se agitó en su silla de ruedas. Daba la impresión de que fuera a
sufrir un ataque de algo, pero era más bien la rabia, la furia, la impotencia por verse allí
mientras el pasado volvía una vez más a ponérsele delante.
24
—Le acompañaré a la puerta, señor —me dijo muy seria Asunción Balaguer.
—De acuerdo, gracias —me resigné.
Fue lo último que dije, además de: «Al aeropuerto, terminal 3», al taxista que me recogió,
antes de llegar al puente aéreo de Barajas, para volver a tomer un avión que me
devolviera a Barcelona.

Las chicas de alambre cap.4

IV
Estaba empezando a llover cuando aparqué el coche a menos de veinte metros del
edificio donde Carlos Sanromán aún tenía su estudio de fotografía. Hacía veintidós años
que allí mismo, una adolescente Vanessa Molins Cadafalch comenzó a transformarse en
Vania, la top model. Una portera de las de antes, rolliza y majestuosa, me preguntó cuál
era mi destino, aunque por mi aspecto ya sabía más o menos que iba al estudio
fotográfico. Se lo confirmé y eso fue todo. El ascensor me dejó en el ático.
Sabía que muchas de las personas a las que quería entrevistar no aportarían nada o casi
nada a la historia, y mucho menos me darían una idea del posible paradero de Vania.
Pero eran necesarias para el reportaje, indistintamente de que al final localizara mi
objetivo. El tiempo siempre suele dar una perspectiva distinta de las cosas, hace que los
involucrados se calmen y, al girar la vista atrás, son incluso más libres, ecuánimes. El
fotógrafo que le hizo aquella primera gran sesión y las fotos que le abrieron camino, el
noviete de los dieciséis años, su padre... todos eran ingredientes superfluos en la parte
final de la historia, la desaparición de Vania, pero esenciales en un reportaje que hablara
de ella desde el punto de vista de su vida, su carrera, su persona.
Y de todas formas... quién sabe. Si no fuera optimista no me dedicaría a esto. Sería
entrenador de fútbol.
12
Carlos Sanromán rondaba los sesenta años, y me abrió la puerta armado de una
espectacular Nikon de las de antes. Todo el ático era su estudio, luminoso y abierto,
espacioso y sin nada que impidiera hacer fotos desde cualquier parte. Por detrás de él vi a
una modelo estirándose y aprovechando el breve descanso que mi llamada le
proporcionaba. Estaba de pie, delante de un fondo de color rojo brillante, sin nada más.
Debían de preparar una colección de trajes de baño, porque llevaba uno de una sola pieza,
extremadamente ceñido. Tuve que concentrarme en el fotógrafo.
—Hola, me llamo Jon Boix. Me gustaría hablar con usted cinco minutos.
—Ahora tengo una sesión, chico —¿por qué la gente mayor se empeña en llamar «chico»
a los que tienen menos de treinta años?—. Me temo que... —se detuvo de pronto y
frunció el ceño—. ¿Boix?
Mi apellido no era nada común. Y a veces hay quien tiene memoria y todo.
—Soy hijo de Paula Montornés y Jaime Boix.
—¡Pero bueno! —le cambió la expresión.
—Es importante —aproveché para acabar de concretar la cosa.
—Pasa, hombre, pasa —se apartó—. Acabo en quince o veinte minutos —hizo un gesto
significativo y agregó—: Primero he de acabar la sesión, ya sabes que ésas cuestan
dinero.
«Ésa» era la modelo, que ahora estaba cruzada de brazos esperando con cara de aburrida.
Entré dentro. Sabía por experiencia que cuando un fotógrafo está en plena sesión no le
gusta tener público, y lo mismo podía decirse de las modelos. Suelen estar hartas de
mirones a los que se les cae la baba. De cualquier forma, la de Carlos Sanromán no era
precisamente una top, se notaba. Había decenas como ella, todas aspirantes a la gloria,
aunque por el momento se conformasen con arañarle un poco a la vida.
—¿Dónde puedo... ?
—Mira, me esperas aquí. No tardo.
Abrió una puerta que daba a una especie de vestidor. Dentro estaban los trajes de baño
que se había puesto o debía ponerse la modelo, y también su ropa. El conjunto hacía las
veces de sala de estar, salón de maquillaje —porque había un gran espejo lleno de luces
— y, por supuesto, vestidor.
Yo lancé entonces una última mirada a la chica. Era preciosa.
—Oye —me miró de hito en hito, antes de retirarse para aprovechar el tiempo que
pagaba a precio de oro—, ¿de qué quieres hablarme?
—De Vania.
—Oh.
Abrió los ojos, asintió con la cabeza y eso fue todo. Se retiró.
No fueron veinte minutos, sino treinta, pero tampoco los pasé encerrado en la salita. Dos
veces se abrió la puerta y entró la modelo, para cambiarse.
—¿Te importa?
—No, no.
Esperé fuera, pero sin hablar. Carlos Sanromán cambiaba las luces, movía los paraguas,
subía el fondo de color rojo y desenrollaba otro de color verde. A un lado de la amplia
estancia-estudio vi un sinfín de objetos de atrezzo, sillas, butacas, columnas, sombreros,
pieles, motivos ornamentales diversos. Las fotografías siempre eran pequeños espacios
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acotados en los que todo estaba en su sitio, igual que en las películas. Pero fuera de
cámara el mundo cambiaba, se hacía caótico.
Ella salió la primera vez con un biquini muy sucinto, de color naranja. La segunda lo hizo
con otro traje de baño de una sola pieza, negro. En las dos ocasiones nos miramos. Yo
con interés. Ella sin excesiva pasión. Para una modelo, ser atractivo no basta, así que yo
debía de ser del montón para ella, aunque no se tratase de una famosa top.
Estaba lloviendo fuerte.
Treinta minutos después de mi llegada, y con las últimas fotos hechas, la chica regresó al
vestidor y yo salí para hablar con Carlos Sanromán. Ella parecía cansada.
—Bien, bien, bien... —el fotógrafo me pasó una mano por los hombros—. Así que vais a
remover el tema, ¿eh?
—Hace diez años que Vania desapareció.
—¿Diez ya? —silbó—. ¿Quieres sentarte?
No había dónde, como no fuéramos a la zona de atrezzo a rescatar un par de sillas. Le
dije que no y nos acercamos al ventanal.
—¿Cómo está tu madre?
—Muy bien.
—Bueno, la revista ya la veo, por supuesto. Cada semana. Es de lo poco inteligente que
se hace ahora mismo en este país. Lo justo de sensacionalismo, lo justo de verdad, lo
justo de imagen, lo justo de texto.
Si mi madre le oyera decir que en Zonas Interiores había «lo justo de sensacionalismo»,
le daba un síncope. Se preciaba de hacer la única revista sin el morbo del
sensacionalismo, o sea, sin nada «amarillo» en sus páginas, de la prensa libre española.
—Pues... tú dirás —me invitó a preguntarle.
—Quiero hacer una retrospectiva, hablar de ella y también de Jess y Cyrille. Pero no sólo
eso. También nos preguntamos dónde puede estar Vania.
—¿Tú sólo? A veces yo me hago la misma pregunta. Ha desaparecido de la faz de la
tierra, y eso es algo insólito.
—Nadie desaparece sin dejar rastro —argüí.
—Pues ella lo hizo, mira. Lo suyo fue... —reflexionó de nuevo en torno a lo del tiempo
—. ¡Diez años ya! ¡Es increíble!
Carlos Sanromán tampoco tenía ninguna pista de su paradero, era obvió.
—¿Cómo debe de ser ahora? —le pregunté.
—¡Uf! —ladeó la cabeza, como si imaginárselo le costara un gran esfuerzo—. La
anorexia casi la mató, debes saberlo, pero aun con ella... era preciosa, única. Ahora
tendría treinta y cinco años, así que... La plenitud, chico. La plenitud. Toda una mujer.
Se me puso un nudo en la garganta. A veces pienso que las cosas hermosas deberían
existir eternamente.
—¿Siempre fue anoréxica?
—No, que va. Al comienzo era una chica normal, alta y delgada, por supuesto, pero
normal. Lo de pasarse, porque se pasó, fue a partir de los quince o dieciséis. En aquellos
días el culto al esqueleto más que a la forma femenina se hizo religión oficial. Los
modistos las querían sin nada, sin pecho, sin caderas, casi sin rostro, aunque parezca un
contrasentido, andróginas, para poder moldearlas a su antojo con cada colección y cada
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pase. Puro cool, frialdad. Pero claro, no todas servían. No bastaba con estar delgadas. La
magia de esas chicas reside en lo que desprenden, lo que emanan. Es como un aroma
visual que las distingue. Y eso, o se tiene o no se tiene. Ésa es también la diferencia entre
una modelo normal y una top. Cindy Crawford no estaba precisamente superdelgada.
Estaba bien. Vania, Jess, Cyrille pertenecían al tipo de Stella Tennant, Trish Giff, Kate
Moss... Bueno, ya sabes, ellas fueron el símbolo y por eso las bautizaron como Wire-
girls.
—¿Qué sensaciones tiene de aquellos días, la primera vez que la vio, lo que sucedió con
sus fotos...?
—¿Qué puedo decirte? —sonrió melancólico—. Hay cosas que pasan una o dos veces en
la vida, a lo sumo. El tipo que descubrió a Rita Hayworth, el que le hizo aquellos
desnudos a Marilyn Monroe... Siempre he fotografiado chicas —señaló la puerta tras la
cual debía de estarse cambiando la modelo—. Todas han sido hermosas, o han tenido
algo especial... De lo contrario, no servirían para eso; pero cuando vi a Vania a través del
visor de la cámara... Estaba ahí, ¿entiendes? Se puede estudiar para ser modelo, sí, pero
nadie puede enseñarte a mirar a una cámara. Esa mirada lo es todo. Y en su caso toda ella
se salía, atravesaba el espacio, se te metía dentro. ¡La misma cámara la quería, que es
algo esencial! No sólo eran aquellos ojos siempre tristes, su aspecto lánguido, su
inocencia plagada de ternuras, también era el morbo que eso producía. Tenía trece años.
¡Trece años! Pero no me equivoqué. En cuatro años ya estaba arriba. Yo creo que Vania
nació sin edad. Te podría decir la clásica frase de que era una mujer atrapada en un
cuerpo de niña y bla, bla, bla, pero era más.
—¿La solía ver a menudo?
—Después de su salto, ya no. Soy un buen fotógrafo, me gano la vida, pero no era ni soy
Richard Avedon. Ni siquiera Paula Montornés —sonrió—. Gané bastante con aquellas
fotografías y otras que le hice antes de los diecisiete años, pero después de eso... Y no me
quejo —movió la cabeza con tristeza—. No todo el mundo tropieza con algo así. ¿Sabes?
No he vuelto a sentir lo mismo jamás. Una sola vez. Con ella. Todas son preciosas, todas
hacen que los hombres las miren, y las deseen; pero sólo hubo una Vania, como sólo
hubo una Jess Hunt, una Cyrille, una Linda Evangelista, una Naomi Campbell, una Cindy
Crawford o una Claudia Schiffer —volvió a cambiar el gesto—. ¿Ves la Schiffer? No es
guapa. ¡Dios, no lo es! Pero sabe posar, y brillar como una diosa. Pero es incluso fea, ¡de
verdad!
La puerta de la salita-vestidor se abrió. La modelo, ya vestida de calle, con unos
vaqueros, una blusa y una cazadora, mucho más normal y discreta pese a que a mí seguía
pareciéndome una monada, ni siquiera se acercó a nosotros. Daba la impresión de ser
muy seria, o andar preocupada con algo.
—Adiós —se despidió desde la puerta.
—Adiós, nena —se puso condescendiente el fotógrafo.
Desapareció, y yo continué hablando de lo divino y lo humano de aquellas niñas-diosas
con Carlos Sanromán, escarbando en sus recuerdos por lo visto generosamente dotados
en todo lo concerniente a Vania.

Las chicas de alambre cap.3

III
-La mayoría de los personajes de la historia vivían fuera, en París, Los Ángeles, San
Francisco, Nueva York o Madrid, así que pensé que lo más lógico era comenzar por lo
más cercano.
Y nadie más cercano a Vania que su única familia, su tía, la hermana de su difunta
madre.
Volví a levantarme tarde, a las diez, pero esta vez no tenía que ir a la redacción, así que
podía permitírmelo. Me encanta amanecer a mi aire, sin el maldito despertador dándome
el susto habitual. Pude desperezarme, hacer un poco de gimnasia para estar en forma,
ducharme, afeitarme y desayunar. Cuando salí ya tenía las primeras direcciones. Nuestros
servicios de información y documentación funcionaban bien. Es decir: Carmina
funcionaba bien. Era lo mejor de Z.I. Me habría casado con ella de no ser porque los
prefería mayores y tenía diez años más que yo.
Esta vez me llevé el coche, por si acaso. Uno nunca sabe a quién puede llevar a alguna
parte mientras le sonsaca información.
Luisa Cadafalch era una anciana prematura de sesenta y cinco años. Digo prematura
porque nada más verla supe que siempre había sido así, una mujer solitaria y con un poso
de amargura albergado casi como marca de nacimiento en sus genes y en sus raíces. Era
alta, seca, de tono adusto y mirada firme, grave, tan grave como su austera ropa, negra de
arriba abajo. Yo no la había llamado por teléfono para quedar. Por lo que se decía de ella
en los artículos de hacía una década, no me habría recibido ni anunciándole que era la
ganadora de un concurso sorpresa de la tele. Así que mi única opción era presentarme en
su casa y probar. Mi madre opina que «me hago querer» por las mujeres, que la mayoría
«quiere adoptarme» nada más me ven, porque les despierto de forma fulminante su
«instinto maternal». ¿Y quién soy yo para discutir algo tan peculiar con mamá? Ella sabe
más que yo de estas cosas.
Aunque a Luisa Cadafalch no la habría seducido ni Paul Newman, mayor que ella pero
aún apetecible según la mayoría.
Me observó con disgusto. Me acababa de colar en el edificio, aprovechando la entrada de
una vecina, así que ya estaba en su rellano, superado el posible detalle de que no quisiera
abrirme la puerta de la calle si le decía que era de la prensa. Era lista. Supo al momento la
causa de que yo estuviese allí. ¿Para qué, si no, iba a querer verla un miembro del
«Cuarto Poder»?
—Oiga, lo siento, pero no tengo nada que decir —objetó, sin ocultar su disgusto.
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—Señora, sé que han pasado diez años, pero... No hago más que cumplir órdenes. No soy
un paparazzi, se lo aseguro. Sólo trato de...
Le mostré mis manos limpias de sangre. Ni una cámara. Eso la tranquilizó, a pesar de lo
cual no se movió de la entrada.
—¿Van a remover de nuevo todo aquello?
—Pronto hará diez años, comprenda.
—No, no lo comprendo —negó con la cabeza—. Entonces fue muy triste, y ahora me
parece carroñero. Mi sobrina está muerta, ¿entiende?
—¿Cómo dice?
—Muerta, sí— insistió—. Tiene que estarlo. Nadie desaparece sin dejar rastro. Y han
pasado diez años. Eso es mucho tiempo. ¿No cree que si estuviese viva, yo lo sabría?
—Por tanto, no le importará que hablemos...
Suspiró. Parecía agotada, y aún no habíamos empezado en serio.
—¿Qué quiere? —mostró un pequeño asomo de vulnerabilidad.
—Hablar con usted. Sólo cinco minutos. No es demasiado.
—¿Para que luego escriba cualquier porquería sobre Vanessa?
—Si he aceptado este encargo es, precisamente, porque yo la adoraba, señora. Quiero
hablar de su lado humano, de la persona que había en ella, debajo de lo demás.
Me miró como si eso cambiara algo las cosas. Y por lo menos a ella le cambió la cara. De
fiera a resignada. O bien pudiera ser que mi madre tuviera más razón que una santa, y que
siempre conseguía ablandarlas. Hasta a las más duras.
—Pase —se rindió.
Lo hice, por si cambiaba de opinión. Cerró la puerta y luego me precedió por un pasillo
largo y tenebroso que fue haciéndose más claro hacia el final. La sala, que daba a una
galería, era mucho más agradable. Antigua y señorial, pero agradable, no cargada de
pasado. Todo estaba muy limpio, ordenado, en su sitio. Aquí paz y luego gloria. Esperé a
que me indicara dónde sentarme y lo hice. Nada de butacas o el sofá. Una silla, dura y
espartana. No saqué ningún bloc, para no impresionarla ni molestarla. En cuanto a mi
credencial de periodista y la de Z.I., ya las había guardado tras habérselas mostrado.
—¿Quiere beber algo?
—No, gracias. Se lo agradezco.
—Bueno —se cruzó de brazos—. Sabía que tarde o temprano volverían y no me dejarían
en paz. Espero que usted sea el primero y el último.
Yo también lo esperaba.
Traté de no ir directo a lo más importante, lo que me acababa de decir acerca de que tenía
que estar muerta. Opté por un pequeño rodeo discrecional.
—Señora Cadafalch, ¿cómo la recuerda?
—¿Que cómo la recuerdo? —su cara se revistió de abstracciones—. Pues como una chica
que lo tuvo todo y no se dio cuenta de ello. Le sucedió demasiado pronto. La belleza no
siempre es llevadera, aunque nunca entendí porque causaron tanta conmoción, ella y sus
amigas, con lo delgadas que estaban. A veces pienso que fue una maldición. Mi hermana
pequeña también era muy hermosa.
—¿Por qué no estuvieron más unidas? —hice la primera pregunta delicada tal vez de una
forma demasiado prematura.
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—Cuando Mercedes, la madre de Vanessa, quedó en estado, fue muy duro. Ella misma se
apartó de la familia, por vergüenza, y porque, pese a todo, quería a aquel hijo de... —se
comió la expresión—. Yo supe que salía con un hombre casado cuando ya era tarde.
Después, optó por ser valiente, salir adelante por sí sola. Nos distanciamos. Vanessa
creció únicamente con su madre; yo la veía muy poco, y cuando Mercedes murió y mi
sobrina se quedó sola...
—Ya era famosa.
—Sí.
—No necesitaba a nadie.
—Eso debió de creer, aunque yo la habría ayudado, ¿sabe?
Supuse que era cierto, pero no me imaginé a Vania viviendo con su tía o dejando que su
tía se convirtiera en su consejera, amiga, hada madrina...
—¿Eran amigas?
—Sí —dijo, segura de su respuesta—. Pero creo que yo le recordaba el pasado. Vanessa
me quería. Lo sé. Pero confiar, sólo confiaba en su criada. Bueno, ella decía que era más
bien su «chica-para-todo», secretaria, asistente, protectora... Yo no sé de dónde la sacó.
Era mulata, suramericana o algo así. Esa mujer la cuidaba, la protegía, la mimaba.
—¿Sabe cómo se llamaba?
—No.
—¿Y dónde puede estar ahora?
—Tampoco. Me parece que cuando Vanessa se casó con aquel impresentable, ella se fue.
Pero no estoy segura. De cualquier forma, y dijera lo que dijera mi sobrina, era la criada
y punto. Le tomó cariño y confianza, pero...
—¿Sabe si Vania, perdón, sabe si Vanessa —me costaba no llamarla por su nombre
artístico y profesional— tuvo contactos con su padre al morir su madre?
—Lo dudo. Valiente cretino. Nunca he sabido nada de él, salvo que se llamaba Vicente
Molins y que vivía en Madrid, aunque parece que se pasaba mucho tiempo fuera de casa.
Tenía los datos del padre de Vania, así que no seguí por ahí. A Luisa Cadafalch la
molestaba hablar de él. Tampoco yo estaba muy seguro de lo que aguantaría el
interrogatorio.
—¿Qué recuerda de la marcha de Vanessa?
—Pues no demasiado. Yo no estaba ahí, así que... —puso cara de resignación—. Después
del juicio por el asesinato de aquel hombre, estuvo en una clínica para combatir su
anorexia antes de que fuera tarde, y tras eso... hizo las maletas y se fue. Estaba harta.
Harta de todo, como ya se dijo entonces. Me llamó, me dijo que estaría mucho tiempo
fuera y eso fue todo. Le pregunté adonde iba y me dijo que aún no lo sabía, pero que
necesitaba descansar y reflexionar. La noté muy cansada, agotada. De pronto un día me
llamaron a mí, por ser su único familiar legal ya que su padre no contaba, y me dijeron
que tenía que recoger las cosas que ella había dejado en su piso. Era de alquiler y el
contrato había vencido. Nunca quiso tener nada suyo, eso sí lo sé. Decía que todo era
efímero, así que... metía el dinero que ganaba en un banco y punto.
—¿Cuánto tiempo había pasado desde su marcha hasta que la llamaron por lo del piso?
—Dos años. Ella dejó pagado el alquiler de ese tiempo mediante una cuenta en un banco.
Ni envió más dinero, ni se puso en contacto con los administradores para una renovación,
ni hizo nada de nada. Como no se sabía dónde localizarla, me avisaron a mí. Tampoco es
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que hubiera gran cosa en ese piso. Conserve un par de cajas con fotografías familiares
que guardé, y el resto lo di para la beneficencia, aunque como ya le digo, no era mucho.
Su ropa, sus objetos más personales, se los llevó con ella.
—Sin embargo, si pagó el alquiler del piso, es que pensaba volver.
—Cierto.
—¿Por eso piensa usted que está muerta?
—¿Qué otra cosa si no?
—Puede estar en cualquier parte, lejos de todo.
—¿Y la fama? —lo dijo como si eso fuera terminante—. Vanessa se hizo famosa. Era
famosa. A veces las estrellas, del tipo que sean, se cansan de su fama; pero tarde o
temprano todas vuelven a ella.
—Algunas no. Recuerde a Greta Garbo.
—Oh, sí, bueno... Casos aislados.
—Pudo serlo ella.
Notó que estaba de parte de Vania. Lo vio en mis ojos. Eso la relajó un poco más. A
veces, por debajo de su costra, asomaba la humanidad de una mujer hablando de su única
sobrina, la inesperada top model producto de una locura de su madre.
—Pienso que si Vanessa hubiera muerto, se habría sabido, y a usted se lo habrían
notificado —insistí.
—Yo pienso que si viviera, diez años es mucho tiempo para no ponerse en contacto con
su única familia.
Estábamos empatados.
Y no sólo eso: mi primera y mejor pista para saber la verdad no había dado resultado.
La pregunta era: si Vania aún vivía, ¿quién podía saberlo?

Las chicas de alambre cap.2

II
¿Quién tiene la oportunidad de buscar a la chica que le hizo soñar durante la primera
adolescencia, y encima que le paguen por ello?
Amo mi trabajo. Creo que es el mejor de cuantos hay. Te permite viajar, conocer gente,
escribir acerca de muchas cosas, fotografiar la vida —y a veces la muerte— y, en
general, percibir de una forma distinta el mundo, así que también lo entiendes un poco
mejor. Para muchas personas, no saber dónde vas a estar mañana es un conflicto, una
suerte de caos mental. Para mí, no. Es parte del sabor, parte de la emoción. Claro que no
puedes quedar con una chica a tres días vista, pero... Tampoco es tan grave.
El planeta Tierra es excepcional.
Me llevé de la redacción todo lo que encontré de las Wire-girls, las Chicas de Alambre,
juntas y por separado. Era mucho, pero no me importó. Pasé la mañana haciendo una
primera selección de material, desechando lo conocido o lo tópico, y el resto, a casa.
Mientras veía aquellas fotografías de Vania, de Jess Hunt, y de Cyrille, por mi cabeza
pasaron muchas cosas. Sí, suelo involucrarme en los trabajos, lo sé. Aún no había
empezado y ya me sentía involucrado en éste.
Miré la portada que las llevó a la fama y a compartir no sólo amistad, sino el nombre con
el que empezó a conocérselas debido a su extrema delgadez. Ahí estaban las tres, en
Sports Illustrated, con aquellos trajes de baño tan sexys, y ellas tan jóvenes, tan
hermosas, tan distintas. Una morena, una rubia y una negra. Integración en los comienzos
de la «Era del Mestizaje». Aparecer en la portada de Sports Illustrated es consagrarse en
el mundo de las top models. Aquel año se consagraron tres. Vania, con su largo cabello
negro, sus ojos grises, profundos, dulcemente tristes siempre, la nariz recta y afilada, el
mentón redondo, los labios carnosos, su imagen de perenne inocencia juvenil que tantos
estragos había causado entre fans y admiradores. Jess Hunt, rubia como el trigo, cabello
aún más largo y rizado con profusión, ojos verdes, siempre sonriente, chispeante, con su
enorme boca abierta y sus dientes blancos como una de sus muestras de identidad,
mandíbulas firmes, frente y pómulos perfectos. Y Cyrille, negra y de piel brillante como
el azabache, cabello corto, ojos de tigresa oscuros y misteriosos, boca pequeña, labios
rojos de fresa, rostro cincelado por un Miguel Ángel africano capaz de consumar una
obra maestra. Y por supuesto, lo más característico de las tres: su estatura, metro ochenta,
su tipo moldeado por una naturaleza milimétrica... y su extrema delgadez.
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Sobre todo, ella.
La delgadez que las llevó primero al éxito, que incluso les dio un nombre, y que,
finalmente, las acabó matando.
Las Chicas de Alambre.
Rotas.
Conocía los datos, pero los detalles se me habían hecho borrosos en la mente por el paso
de los años; así que en casa estuve hasta pasadas las dos de la madrugada leyendo y
rememorando todo aquello. Investigar sobre Vania era hacerlo sobre las tres. Su destino
también fue común. Asombrosamente común.
Cyrille se llamaba en realidad Narim Wirmeyd. Había nacido en El Cairo, Egipto, pero
era hija de somalíes.
Su historia era una mezcla de cuento espantoso extraído del reverso de Las mil y una
noches. Su padre la vendió a un traficante de camellos después de regresar a Somalia,
cuando tenía doce años. El traficante, de sesenta, no pudo con los deseos de libertad de su
joven pupila, o lo que fuese, así que ella se le escapó a los pocos meses, ya con trece
años. La publicidad posterior, cuando llegó el éxito, había «engordado»
convenientemente la odisea de la niña, ya de por sí especial y dramática; pero la realidad
era mucho más simple. Narim escapó de su «dueño», pasó la frontera, llegó a Etiopía...
Allí logró despertar el interés de un hombre de negocios británico, que la empleó en su
casa, y al año, un amigo de éste, un francés, se la llevó a París. Con quince años y
caminando por los Campos Elíseos, Jean Claude Pleyel, cazatalentos y dueño de una de
las mejores agencias de Francia, supo ver en ella lo que muy poco después verían
millones de ojos en el mundo: que era especial, capaz de enamorar a la cámara y de
vender lo que se pusiera encima, ya fuera ropa o un perfume. Así nació Cyrille, su
nombre artístico.
Jess Hunt era el reverso de la moneda. Estadounidense, nacida en Toledo, Ohio, familia
de clase media, respetable, religiosa en grado superlativo, y convertida en una pequeña
reina de la belleza desde la infancia. Su madre le dijo una vez: «Dios te hizo hermosa
para algo; de lo contrario te habría hecho como a cualquier otra mujer. Haz, pues, que el
Señor se sienta orgulloso de ti.» Eso había sido el detonante. Después llegó lo de Miss
Ohio, además de otras muchas cosas siempre relacionadas con la belleza. Jess hizo una
rápida y meteórica carrera. Fue la que lo tuvo más fácil de las tres. Incluso utilizaba su
verdadero nombre.
Y por último, Vania, es decir, Vanessa Molins Cadafalch, nacida en Barcelona, España,
hija natural de una mujer llena de voluntad y decisión que fue siempre el ángel tutelar de
su carrera hasta que el éxito le dio alas y la independencia. El padre, casado, por lo
menos la reconoció; pero eso fue todo. Más tarde, la madre murió de un cáncer de pecho.
Su única familia, al margen del padre que no volvió a ver, era una tía soltera, hermana de
su madre, que nunca quiso figurar en los periódicos. Al contrario que Cyrille y que Jess, a
Vania no la descubrió ningún cazatalentos paseando por el Paseo de Gracia de Barcelona,
ni fue Miss nada. Por voluntad propia, porque quería ser modelo, se matriculó en una
agencia para aprender siendo una niña, y pasó por todos los grados de la servidumbre
antes de dar el salto. Interinamente, sin embargo, quien sí la descubrió fue el fotógrafo
que a los trece años le hizo su primera sesión «como mujer» y le vaticinó el futuro. Vania
creyó en él además de en sí misma.
Cuatro años después, las tres, con apenas diecisiete o dieciocho años, fueron reclutadas
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para aquella portada de Sports Illustrated. La agencia Pleyel de París las llevaba. En unos
días, el mundo ya las había bautizado con aquel nombre, Wire-girls, debido a su delgadez
paradigmática. Su cotización se disparó. Juntas fueron el modelo de miles de chicas, tan
anoréxicas como ellas por degeneración. Juntas crearon un estilo por encima de los
estilos que ya propugnaban la delgadez física, y juntas sucumbieron en unos pocos años.
Cyrille fue la primera en morir, suicidada al saber que tenía el sida. Se había escrito
mucho acerca del por qué de su decisión, pero parecía obvio que una de las mujeres más
bellas del mundo no quería ver su decrepitud física. Lo de Jess fue más complicado.
Primero, el escándalo originado al saberse que había abortado. Segundo, su propia
muerte, a los escasos meses de la de Cyrille, causada por una sobredosis de drogas.
Tercero, el asesinato del hombre que la introdujo en el mundo de las drogas, el mismo
Jean Claude Pleyel, que desde París las llevaba a las tres en exclusiva. El autor del
crimen había sido Nicky Harvey, el apasionado y loco novio de Jess, vengador
implacable de la suerte de su amada. El juicio por el crimen acabó de empañar la historia
de la dulce, rubia y virginal Jess Hunt. Imagen perfecta de la América sana y maravillosa
que preconizaban los propios estadounidenses.
Por último, estaba Vania.
Después de andar con un noviete a los dieciséis años, noviete que por supuesto salió a la
luz más tarde para sacar tajada del tema, a los diecisiete le había llegado el éxito
internacional por aquella portada. A partir de ese instante lo rentabilizó al máximo. A los
veinte fue muy sonado su idilio con un famoso cantante roquero español. La Bella y la
Bestia. Y a los veintitrés, su boda inesperada con un marchante de arte neoyorquino,
seguida de un divorcio rápido; todo ello en plena cumbre profesional. Un año después
todo se torció definitivamente. La muerte de Cyrille, la muerte de Jess, el juicio del novio
de Jess en el que ella tuvo que testificar, y el adiós.
Tenía veinticinco años.
La misma edad que yo en este momento.
Veinticinco años y dijo adiós, lo dejó todo. La desaparición más inesperada. Su última
pista provenía de una clínica en la que Vania intentó recuperarse de su anorexia, casi al
límite.
Viendo aquellas fotos, especialmente las de Vania, supe que no iba a ser un trabajo fácil.
Era como si a un beatlemaníaco le hubiesen encargado buscar a John Lennon vivo. Vania
había sido una musa, una imagen de marca, un espejo, un símbolo; muchas cosas además
de una muñeca rota. El mundo de la moda las olvidó rápido, a las tres. Cada año surgían
nuevos rostros, nuevas historias, y las pasarelas encumbraban a media docena de nuevas
diosas de la imagen, con sus nuevas estéticas y sus nuevas formas. La palabra clave era
ésa: nuevo. Joven y nuevo. Brillante y nuevo. Velocidad.
Sin embargo, la fascinación que las Chicas de Alambre ejercieron sobre las adolescentes
de aquel tiempo creo que aún no había sido superada. Pese a su aspecto enfermizo por
culpa de las drogas y la anorexia, las auténticas lacras de ese mundillo tan duro, habían
sido amadas, deseadas, utilizadas.
Un modelo a seguir.
Casi parecía un chiste, el peor de los contrasentidos. Un modelo a seguir y su fin había
sido tan triste como...
¿Dónde estaría Vania?
¿Por qué, en diez años, aquel silencio devorador?
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¿Y si, a fin de cuentas, estaba muerta?
No sabía por dónde empezar, pero no me traumaticé por ello. No era la primera vez que
debería hacer de detective privado siguiendo una pista, buscando un dato o guiándome
por entre vericuetos impensables, con el objeto de dar con lo que necesitaba para un
reportaje. Y tampoco sería la última.
Dije lo mismo que Escarlata O'Hara en la escena final de Lo que el viento se llevó:
—Mañana será otro día.
Y me acosté con la cabeza llena de Cyrille, de Jess y de Vania.
Sobre todo de Vania.

Las chicas de alambre - Jordi Sierra i Fabra Cap.1

I
Aquel día me dormí.
Había estado trabajando hasta tarde, terminando un artículo no demasiado brillante sobre
la moratoria para la caza de ballenas y el hecho de que noruegos y japoneses se la pasaran
por el forro cuando les convenía. Me caen bien las ballenas. Pero el problema es que
cuando algo me afecta, pierdo la visión periodística, dejo de ser objetivo, tomo partido y
entonces... acabo escribiendo panegíricos bastante densos. Ideales para los boletines
informativos de Greenpeace o de Amnistía Internacional, pero no para una revista.
Aunque la dueña sea tu propia madre.
Por esa misma razón, ese día, al despertar a las diez de la mañana, me quedé sin aliento.
No por ser Paula Montornés la propietaria y directora de Z.I. tienes más privilegios que
los demás o puedes hacer lo que te dé la gana.
Me aseé, duché y vestí en diez minutos. Ni siquiera desayuné. Dejé mi desordenado
apartamento a la carrera —es tan pequeño que cualquier cosa fuera de sitio ya crea
sensación de desorden y caos— y llegué a la redacción pasadas las diez y media, porque
no quise saltarme ningún semáforo pese a preferir la moto por razones obvias. La primera
sonrisa de la mañana me la dirigió Elsa, sentada como siempre al frente de su mesa en
forma de media luna, debajo del logotipo de la revista inserto en la pared situada a sus
espaldas. Nos llevábamos bien. Bueno, aunque Elsa sea la recepcionista de Z.I., lo cierto
es que me llevo bien con todas las recepcionistas y telefonistas que conozco. Son la clave
para acceder a sus jefes, para que te digan si están o no están, o a qué restaurante van a ir
a comer o cenar. Ellas, y las secretarias. Un buen periodista debe saber eso.
—Buenos días, Jon —me deseó, antes de darme directamente la noticia—: Tu madre
quiere verte ya mismo.
Me olí la bronca. Mamá es de las que aterriza en la oficina a las nueve en punto. Como
un reloj.
Ella no actúa «fuera», claro. Ya no ha de tomar aviones, ni quedar con gente que vive
lejos, ni...
—¿Cuándo ha dado la orden de busca y captura?
—Hace una hora. Y la ha repetido hace veinte minutos.
Eso era mucho. Me la iba a ganar. Despedirme, no podía despedirme, pero casi.
Ni siquiera fui a mi mesa. Tampoco tenía nada para dejar en ella. Mientras caminaba en
dirección al Sacrosanto Templo Central de la casa, le dejé el disquete con el artículo a
Mariano, el Hombre Para Todo. No tuve que decirle nada. Ya lo tenía metido en el
ordenador antes de que yo diera tres pasos más.
Llamé a la puerta del despacho de mi madre y, tras abrirla, metí la cabeza, sin esperar una
respuesta procedente del interior. Ahí sí tengo privilegios. Una vez, al morir mi padre,
ella me dijo: «Mi puerta estará siempre abierta para ti, hijo. Recuerda que soy tu madre.»
Y nunca lo he olvidado.
Estaba de pie, apoyada sobre la pantalla luminosa, examinando unas diapositivas con su
buen ojo profesional. Ya sabía que era yo, porque no se movió. Me aproximé a ella. Las
diapositivas eran del último Premio Nobel de Literatura en su casa.
Desde luego, en Zonas Interiores no somos nada convencionales.
3
—Hola, mamá —suspiré, como si acabase de salir de un atasco de mil demonios—.
Siento...
Levantó una mano. Señal inequívoca de: «No-me-cuen-tes-ro-llos-que-me-los-sé-to-
dos.» Me cortó en seco.
De todas formas, me di cuenta de que no estaba enfadada, sólo ansiosa.
Y cuando mi madre se pone ansiosa, es por algo de trabajo. Y si me afecta a mí, es que
voy a tenerlo, y en serio. Muy en serio.
—¿Te gusta ésta?
El Premio Nobel de Literatura estaba sentado en una butaca, con una cara de úlcera
sangrante total. Me pregunté por qué no se lo daban a gente más simpática. Y también
por qué no estaban ellos más contentos después del Nobel. Aunque aquel hombre, los
millones, ya no iba a poder gastárselos, seguro. Así que a lo mejor estaba con esa cara
por ese detalle. Me habría gustado ver la de sus hijos, hijas, nietos, nietas...
—No irá en portada, ¿verdad?
—¿Estás loco?
Nuestra revista es de actualidad, y seria, pero en portada tratamos de poner cosas con
gancho.
—Entonces, sí. Está bien.
Dejó la diapositiva a un lado, apagó la luz de la pantalla, recogió su bastón, apoyado en la
pared de la derecha, y cubrió la breve distancia que la separaba de su mesa, como
siempre atiborrada de papeles. Mi madre tiene cincuenta años, exactamente el doble que
yo, pero la cojera no guarda relación alguna con la edad. La pierna derecha le quedó casi
destrozada en el mismo accidente de coche en el que perdió la vida mi padre.
Esperé a que se sentara en su butaca.
Lo hizo, se apoyó en el respaldo, juntó las yemas de sus dedos y me miró a los ojos.
—¿Recuerdas a Vania?
Así que era eso.
—Claro, ¿cómo no iba a acordarme de ella? Creo que no saqué su póster de mi
habitación hasta hace tres o cuatro años.
—Lo recuerdo —asintió con la cabeza sonriendo, evocando el último tiempo en el que,
como un buen hijo no emancipado, aún viví con ella.
—No me digas que ha reaparecido.
—No, y de eso se trata —dijo Paula Montornés, recuperando todo su carácter de
directora—. Dentro de un par de meses hará diez años que desapareció sin dejar rastro.
Diez años ya. Es un buen momento para desenterrar el tema, investigarlo, y publicar un
artículo, de ella como piece de resistence, pero también de las otras dos.
Me senté en una de las sillas, al otro lado de la mesa.
—Puede ser caro —tanteé.
—Pagamos cinco millones hace un mes por lo de Alee Blunt, y a una agencia. Esto nos
haría vender más, y sólo por derechos internacionales, si la cosa resulta... ¿Te imaginas
que, encima, dieras con ella? Nos lo quitarían de las manos. París Match, The Sun, Der
Spiegel, Times... Olvídate del dinero.
No siempre decía eso.
—¿Y si han tenido la misma idea?
4
—Sería posible. Ya sabes que creo en la energía —movió los dedos como si tuviera
delante una nube invisible—. Por eso hay que moverse ya mismo y no esperar. Aunque
sólo sea para escribir un buen artículo, ya valdrá la pena. Los personajes del drama, diez
años después. Pero algo me dice que vas a encontrarte con sorpresas.
—Dios —yo también me apoyé en mi silla—. Las Wire-girls, las Chicas de Alambre.
Vania, Jess y Cyrille. ¿Crees que la gente aún se acuerda de ellas?
—Vamos, ¿qué dices? Fueron una leyenda en su momento.
—Sí, pero una leyenda efímera, como todo en el mundo de la moda.
—Todas las leyendas viven y sobreviven, Jonatan.
Era la única que aún me llamaba Jonatan y no Jon.
—¿Qué quieres que haga exactamente?
—Que hables con la gente que las conoció y que indagues lo que pasó con Vania. Puede
que esté muerta, puede que no. Pero diez años después... ¿lo entiendes, no? Se publicó
mucho del tema entonces, y algunas personas no quisieron hablar mientras que otras
hablaron demasiado. Ahora tal vez sea diferente. El tiempo te da una perspectiva distinta
de las cosas.
—Vania era española, pero Jess era americana y Cyrille egipcio-somalí, parisina...
—¿Tienes algo que hacer las próximas dos semanas, un plan, un ligue? —abrió sus
manos explícitamente—. Porque si es así, se lo encargo a otro.
—¡No, no! —salté de inmediato—. No te hacía más que una observación.
—Jonatan —se acodó en la mesa, señal de que atacaba de firme—. Esto puede ser muy
bueno. Ya conoces mi instinto. Con él y un buen trabajo de investigación, de esos que
sueles hacer de tarde en tarde —me pinchó deliberadamente—, esto será una bomba. Y te
lo repito: no te digo nada si encima la encuentras.
—¿Tú crees que... ?
—Oye: Vania se largó, dijo «adiós» y desapareció. Ha de estar en alguna parte.
—Si no la encontraron entonces.
—Entonces fue entonces. Si no quería ser encontrada, nadie iba a encontrarla, como así
fue y por inexplicable que resultase. Pero ahora han pasado diez años. En primer lugar,
estará relajada, no en tensión esperando que un paparazzi dé con ella. Y en segundo
lugar, ya no será aquella chica mágica que deslumbró al mundo. Quién sabe. Todo es
posible. Pero me huelo algo bueno, hijo. Y cuando yo...
—Sí, mamá, lo sé.
—Tú también lo tienes, Jonatan —me dijo, con algo más que cariño profesional, aunque
lo disimuló agregando—: Por eso estás aquí. ¿O pensabas que era por ser hijo de la jefa?
—He tenido algunas exclusivas de primera, ¿no? —le recordé.
Paula Montornés, editora, propietaria y directora de Zonas Interiores, se convirtió de
nuevo en mi madre.
—Has salido a tu padre —reconoció con ternura.
Era el momento. Me levanté, rodeé la mesa y la abracé sin que ella se levantara de su
butaca. A veces olvidaba hacerlo. Y ella no me lo pedía jamás, aunque yo sabía que lo
necesitaba. Fueron apenas unos segundos de directa intimidad. Después la besé en la
cabeza, por entre su siempre alborotada melena, e inicié la retirada.
—No subas nunca a un avión que se vaya a caer, hijo —me recordó.
5
—Descuida, mamá.
La eché un último vistazo. Sentada allí era una diosa, la dueña de un pequeño, muy
pequeño reino, pero diosa a fin de cuentas, con un prestigio ganado a pulso. Los premios
que llenaban aquellas paredes, algunos de mi padre, pero la mayoría de ella, no eran
gratuitos. El World Press Photo, el Pulitzer de fotografía, reconocimientos profesionales,
periodísticos, portadas de las mejores exclusivas dadas por Z.I., fotografías de papá, pero
más aún de mamá con diversas personalidades y en muchas partes distintas del planeta...
Antes del accidente era la mejor. Y ahora también.
Yo estaba en ello.
Tenía una buena maestra.
Y un trabajo por hacer que ya me picoteaba en los dedos desde aquel mismo instante.

jueves, 7 de marzo de 2013

1065

Retira tus Barrotes, Muerte
Deja entrar los Rebaños agotados
cuyos balidos dejan de repetirse
cuya errancia acabo

Tuya es la noche mas serena
tuyo el Redil seguro
Demasiado cercana para quienes Te buscan
y demasiado tierna, para poder decirte.