El presente blog es para dar a conocer libros que yo he leido, lo que les recomiendo, algunos análisis de estos, principalmente me gusta leer novelas, poesía y teatro.
Espero les guste.

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domingo, 29 de septiembre de 2013

Las chicas de alambre cap.4

IV
Estaba empezando a llover cuando aparqué el coche a menos de veinte metros del
edificio donde Carlos Sanromán aún tenía su estudio de fotografía. Hacía veintidós años
que allí mismo, una adolescente Vanessa Molins Cadafalch comenzó a transformarse en
Vania, la top model. Una portera de las de antes, rolliza y majestuosa, me preguntó cuál
era mi destino, aunque por mi aspecto ya sabía más o menos que iba al estudio
fotográfico. Se lo confirmé y eso fue todo. El ascensor me dejó en el ático.
Sabía que muchas de las personas a las que quería entrevistar no aportarían nada o casi
nada a la historia, y mucho menos me darían una idea del posible paradero de Vania.
Pero eran necesarias para el reportaje, indistintamente de que al final localizara mi
objetivo. El tiempo siempre suele dar una perspectiva distinta de las cosas, hace que los
involucrados se calmen y, al girar la vista atrás, son incluso más libres, ecuánimes. El
fotógrafo que le hizo aquella primera gran sesión y las fotos que le abrieron camino, el
noviete de los dieciséis años, su padre... todos eran ingredientes superfluos en la parte
final de la historia, la desaparición de Vania, pero esenciales en un reportaje que hablara
de ella desde el punto de vista de su vida, su carrera, su persona.
Y de todas formas... quién sabe. Si no fuera optimista no me dedicaría a esto. Sería
entrenador de fútbol.
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Carlos Sanromán rondaba los sesenta años, y me abrió la puerta armado de una
espectacular Nikon de las de antes. Todo el ático era su estudio, luminoso y abierto,
espacioso y sin nada que impidiera hacer fotos desde cualquier parte. Por detrás de él vi a
una modelo estirándose y aprovechando el breve descanso que mi llamada le
proporcionaba. Estaba de pie, delante de un fondo de color rojo brillante, sin nada más.
Debían de preparar una colección de trajes de baño, porque llevaba uno de una sola pieza,
extremadamente ceñido. Tuve que concentrarme en el fotógrafo.
—Hola, me llamo Jon Boix. Me gustaría hablar con usted cinco minutos.
—Ahora tengo una sesión, chico —¿por qué la gente mayor se empeña en llamar «chico»
a los que tienen menos de treinta años?—. Me temo que... —se detuvo de pronto y
frunció el ceño—. ¿Boix?
Mi apellido no era nada común. Y a veces hay quien tiene memoria y todo.
—Soy hijo de Paula Montornés y Jaime Boix.
—¡Pero bueno! —le cambió la expresión.
—Es importante —aproveché para acabar de concretar la cosa.
—Pasa, hombre, pasa —se apartó—. Acabo en quince o veinte minutos —hizo un gesto
significativo y agregó—: Primero he de acabar la sesión, ya sabes que ésas cuestan
dinero.
«Ésa» era la modelo, que ahora estaba cruzada de brazos esperando con cara de aburrida.
Entré dentro. Sabía por experiencia que cuando un fotógrafo está en plena sesión no le
gusta tener público, y lo mismo podía decirse de las modelos. Suelen estar hartas de
mirones a los que se les cae la baba. De cualquier forma, la de Carlos Sanromán no era
precisamente una top, se notaba. Había decenas como ella, todas aspirantes a la gloria,
aunque por el momento se conformasen con arañarle un poco a la vida.
—¿Dónde puedo... ?
—Mira, me esperas aquí. No tardo.
Abrió una puerta que daba a una especie de vestidor. Dentro estaban los trajes de baño
que se había puesto o debía ponerse la modelo, y también su ropa. El conjunto hacía las
veces de sala de estar, salón de maquillaje —porque había un gran espejo lleno de luces
— y, por supuesto, vestidor.
Yo lancé entonces una última mirada a la chica. Era preciosa.
—Oye —me miró de hito en hito, antes de retirarse para aprovechar el tiempo que
pagaba a precio de oro—, ¿de qué quieres hablarme?
—De Vania.
—Oh.
Abrió los ojos, asintió con la cabeza y eso fue todo. Se retiró.
No fueron veinte minutos, sino treinta, pero tampoco los pasé encerrado en la salita. Dos
veces se abrió la puerta y entró la modelo, para cambiarse.
—¿Te importa?
—No, no.
Esperé fuera, pero sin hablar. Carlos Sanromán cambiaba las luces, movía los paraguas,
subía el fondo de color rojo y desenrollaba otro de color verde. A un lado de la amplia
estancia-estudio vi un sinfín de objetos de atrezzo, sillas, butacas, columnas, sombreros,
pieles, motivos ornamentales diversos. Las fotografías siempre eran pequeños espacios
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acotados en los que todo estaba en su sitio, igual que en las películas. Pero fuera de
cámara el mundo cambiaba, se hacía caótico.
Ella salió la primera vez con un biquini muy sucinto, de color naranja. La segunda lo hizo
con otro traje de baño de una sola pieza, negro. En las dos ocasiones nos miramos. Yo
con interés. Ella sin excesiva pasión. Para una modelo, ser atractivo no basta, así que yo
debía de ser del montón para ella, aunque no se tratase de una famosa top.
Estaba lloviendo fuerte.
Treinta minutos después de mi llegada, y con las últimas fotos hechas, la chica regresó al
vestidor y yo salí para hablar con Carlos Sanromán. Ella parecía cansada.
—Bien, bien, bien... —el fotógrafo me pasó una mano por los hombros—. Así que vais a
remover el tema, ¿eh?
—Hace diez años que Vania desapareció.
—¿Diez ya? —silbó—. ¿Quieres sentarte?
No había dónde, como no fuéramos a la zona de atrezzo a rescatar un par de sillas. Le
dije que no y nos acercamos al ventanal.
—¿Cómo está tu madre?
—Muy bien.
—Bueno, la revista ya la veo, por supuesto. Cada semana. Es de lo poco inteligente que
se hace ahora mismo en este país. Lo justo de sensacionalismo, lo justo de verdad, lo
justo de imagen, lo justo de texto.
Si mi madre le oyera decir que en Zonas Interiores había «lo justo de sensacionalismo»,
le daba un síncope. Se preciaba de hacer la única revista sin el morbo del
sensacionalismo, o sea, sin nada «amarillo» en sus páginas, de la prensa libre española.
—Pues... tú dirás —me invitó a preguntarle.
—Quiero hacer una retrospectiva, hablar de ella y también de Jess y Cyrille. Pero no sólo
eso. También nos preguntamos dónde puede estar Vania.
—¿Tú sólo? A veces yo me hago la misma pregunta. Ha desaparecido de la faz de la
tierra, y eso es algo insólito.
—Nadie desaparece sin dejar rastro —argüí.
—Pues ella lo hizo, mira. Lo suyo fue... —reflexionó de nuevo en torno a lo del tiempo
—. ¡Diez años ya! ¡Es increíble!
Carlos Sanromán tampoco tenía ninguna pista de su paradero, era obvió.
—¿Cómo debe de ser ahora? —le pregunté.
—¡Uf! —ladeó la cabeza, como si imaginárselo le costara un gran esfuerzo—. La
anorexia casi la mató, debes saberlo, pero aun con ella... era preciosa, única. Ahora
tendría treinta y cinco años, así que... La plenitud, chico. La plenitud. Toda una mujer.
Se me puso un nudo en la garganta. A veces pienso que las cosas hermosas deberían
existir eternamente.
—¿Siempre fue anoréxica?
—No, que va. Al comienzo era una chica normal, alta y delgada, por supuesto, pero
normal. Lo de pasarse, porque se pasó, fue a partir de los quince o dieciséis. En aquellos
días el culto al esqueleto más que a la forma femenina se hizo religión oficial. Los
modistos las querían sin nada, sin pecho, sin caderas, casi sin rostro, aunque parezca un
contrasentido, andróginas, para poder moldearlas a su antojo con cada colección y cada
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pase. Puro cool, frialdad. Pero claro, no todas servían. No bastaba con estar delgadas. La
magia de esas chicas reside en lo que desprenden, lo que emanan. Es como un aroma
visual que las distingue. Y eso, o se tiene o no se tiene. Ésa es también la diferencia entre
una modelo normal y una top. Cindy Crawford no estaba precisamente superdelgada.
Estaba bien. Vania, Jess, Cyrille pertenecían al tipo de Stella Tennant, Trish Giff, Kate
Moss... Bueno, ya sabes, ellas fueron el símbolo y por eso las bautizaron como Wire-
girls.
—¿Qué sensaciones tiene de aquellos días, la primera vez que la vio, lo que sucedió con
sus fotos...?
—¿Qué puedo decirte? —sonrió melancólico—. Hay cosas que pasan una o dos veces en
la vida, a lo sumo. El tipo que descubrió a Rita Hayworth, el que le hizo aquellos
desnudos a Marilyn Monroe... Siempre he fotografiado chicas —señaló la puerta tras la
cual debía de estarse cambiando la modelo—. Todas han sido hermosas, o han tenido
algo especial... De lo contrario, no servirían para eso; pero cuando vi a Vania a través del
visor de la cámara... Estaba ahí, ¿entiendes? Se puede estudiar para ser modelo, sí, pero
nadie puede enseñarte a mirar a una cámara. Esa mirada lo es todo. Y en su caso toda ella
se salía, atravesaba el espacio, se te metía dentro. ¡La misma cámara la quería, que es
algo esencial! No sólo eran aquellos ojos siempre tristes, su aspecto lánguido, su
inocencia plagada de ternuras, también era el morbo que eso producía. Tenía trece años.
¡Trece años! Pero no me equivoqué. En cuatro años ya estaba arriba. Yo creo que Vania
nació sin edad. Te podría decir la clásica frase de que era una mujer atrapada en un
cuerpo de niña y bla, bla, bla, pero era más.
—¿La solía ver a menudo?
—Después de su salto, ya no. Soy un buen fotógrafo, me gano la vida, pero no era ni soy
Richard Avedon. Ni siquiera Paula Montornés —sonrió—. Gané bastante con aquellas
fotografías y otras que le hice antes de los diecisiete años, pero después de eso... Y no me
quejo —movió la cabeza con tristeza—. No todo el mundo tropieza con algo así. ¿Sabes?
No he vuelto a sentir lo mismo jamás. Una sola vez. Con ella. Todas son preciosas, todas
hacen que los hombres las miren, y las deseen; pero sólo hubo una Vania, como sólo
hubo una Jess Hunt, una Cyrille, una Linda Evangelista, una Naomi Campbell, una Cindy
Crawford o una Claudia Schiffer —volvió a cambiar el gesto—. ¿Ves la Schiffer? No es
guapa. ¡Dios, no lo es! Pero sabe posar, y brillar como una diosa. Pero es incluso fea, ¡de
verdad!
La puerta de la salita-vestidor se abrió. La modelo, ya vestida de calle, con unos
vaqueros, una blusa y una cazadora, mucho más normal y discreta pese a que a mí seguía
pareciéndome una monada, ni siquiera se acercó a nosotros. Daba la impresión de ser
muy seria, o andar preocupada con algo.
—Adiós —se despidió desde la puerta.
—Adiós, nena —se puso condescendiente el fotógrafo.
Desapareció, y yo continué hablando de lo divino y lo humano de aquellas niñas-diosas
con Carlos Sanromán, escarbando en sus recuerdos por lo visto generosamente dotados
en todo lo concerniente a Vania.

Las chicas de alambre cap.3

III
-La mayoría de los personajes de la historia vivían fuera, en París, Los Ángeles, San
Francisco, Nueva York o Madrid, así que pensé que lo más lógico era comenzar por lo
más cercano.
Y nadie más cercano a Vania que su única familia, su tía, la hermana de su difunta
madre.
Volví a levantarme tarde, a las diez, pero esta vez no tenía que ir a la redacción, así que
podía permitírmelo. Me encanta amanecer a mi aire, sin el maldito despertador dándome
el susto habitual. Pude desperezarme, hacer un poco de gimnasia para estar en forma,
ducharme, afeitarme y desayunar. Cuando salí ya tenía las primeras direcciones. Nuestros
servicios de información y documentación funcionaban bien. Es decir: Carmina
funcionaba bien. Era lo mejor de Z.I. Me habría casado con ella de no ser porque los
prefería mayores y tenía diez años más que yo.
Esta vez me llevé el coche, por si acaso. Uno nunca sabe a quién puede llevar a alguna
parte mientras le sonsaca información.
Luisa Cadafalch era una anciana prematura de sesenta y cinco años. Digo prematura
porque nada más verla supe que siempre había sido así, una mujer solitaria y con un poso
de amargura albergado casi como marca de nacimiento en sus genes y en sus raíces. Era
alta, seca, de tono adusto y mirada firme, grave, tan grave como su austera ropa, negra de
arriba abajo. Yo no la había llamado por teléfono para quedar. Por lo que se decía de ella
en los artículos de hacía una década, no me habría recibido ni anunciándole que era la
ganadora de un concurso sorpresa de la tele. Así que mi única opción era presentarme en
su casa y probar. Mi madre opina que «me hago querer» por las mujeres, que la mayoría
«quiere adoptarme» nada más me ven, porque les despierto de forma fulminante su
«instinto maternal». ¿Y quién soy yo para discutir algo tan peculiar con mamá? Ella sabe
más que yo de estas cosas.
Aunque a Luisa Cadafalch no la habría seducido ni Paul Newman, mayor que ella pero
aún apetecible según la mayoría.
Me observó con disgusto. Me acababa de colar en el edificio, aprovechando la entrada de
una vecina, así que ya estaba en su rellano, superado el posible detalle de que no quisiera
abrirme la puerta de la calle si le decía que era de la prensa. Era lista. Supo al momento la
causa de que yo estuviese allí. ¿Para qué, si no, iba a querer verla un miembro del
«Cuarto Poder»?
—Oiga, lo siento, pero no tengo nada que decir —objetó, sin ocultar su disgusto.
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—Señora, sé que han pasado diez años, pero... No hago más que cumplir órdenes. No soy
un paparazzi, se lo aseguro. Sólo trato de...
Le mostré mis manos limpias de sangre. Ni una cámara. Eso la tranquilizó, a pesar de lo
cual no se movió de la entrada.
—¿Van a remover de nuevo todo aquello?
—Pronto hará diez años, comprenda.
—No, no lo comprendo —negó con la cabeza—. Entonces fue muy triste, y ahora me
parece carroñero. Mi sobrina está muerta, ¿entiende?
—¿Cómo dice?
—Muerta, sí— insistió—. Tiene que estarlo. Nadie desaparece sin dejar rastro. Y han
pasado diez años. Eso es mucho tiempo. ¿No cree que si estuviese viva, yo lo sabría?
—Por tanto, no le importará que hablemos...
Suspiró. Parecía agotada, y aún no habíamos empezado en serio.
—¿Qué quiere? —mostró un pequeño asomo de vulnerabilidad.
—Hablar con usted. Sólo cinco minutos. No es demasiado.
—¿Para que luego escriba cualquier porquería sobre Vanessa?
—Si he aceptado este encargo es, precisamente, porque yo la adoraba, señora. Quiero
hablar de su lado humano, de la persona que había en ella, debajo de lo demás.
Me miró como si eso cambiara algo las cosas. Y por lo menos a ella le cambió la cara. De
fiera a resignada. O bien pudiera ser que mi madre tuviera más razón que una santa, y que
siempre conseguía ablandarlas. Hasta a las más duras.
—Pase —se rindió.
Lo hice, por si cambiaba de opinión. Cerró la puerta y luego me precedió por un pasillo
largo y tenebroso que fue haciéndose más claro hacia el final. La sala, que daba a una
galería, era mucho más agradable. Antigua y señorial, pero agradable, no cargada de
pasado. Todo estaba muy limpio, ordenado, en su sitio. Aquí paz y luego gloria. Esperé a
que me indicara dónde sentarme y lo hice. Nada de butacas o el sofá. Una silla, dura y
espartana. No saqué ningún bloc, para no impresionarla ni molestarla. En cuanto a mi
credencial de periodista y la de Z.I., ya las había guardado tras habérselas mostrado.
—¿Quiere beber algo?
—No, gracias. Se lo agradezco.
—Bueno —se cruzó de brazos—. Sabía que tarde o temprano volverían y no me dejarían
en paz. Espero que usted sea el primero y el último.
Yo también lo esperaba.
Traté de no ir directo a lo más importante, lo que me acababa de decir acerca de que tenía
que estar muerta. Opté por un pequeño rodeo discrecional.
—Señora Cadafalch, ¿cómo la recuerda?
—¿Que cómo la recuerdo? —su cara se revistió de abstracciones—. Pues como una chica
que lo tuvo todo y no se dio cuenta de ello. Le sucedió demasiado pronto. La belleza no
siempre es llevadera, aunque nunca entendí porque causaron tanta conmoción, ella y sus
amigas, con lo delgadas que estaban. A veces pienso que fue una maldición. Mi hermana
pequeña también era muy hermosa.
—¿Por qué no estuvieron más unidas? —hice la primera pregunta delicada tal vez de una
forma demasiado prematura.
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—Cuando Mercedes, la madre de Vanessa, quedó en estado, fue muy duro. Ella misma se
apartó de la familia, por vergüenza, y porque, pese a todo, quería a aquel hijo de... —se
comió la expresión—. Yo supe que salía con un hombre casado cuando ya era tarde.
Después, optó por ser valiente, salir adelante por sí sola. Nos distanciamos. Vanessa
creció únicamente con su madre; yo la veía muy poco, y cuando Mercedes murió y mi
sobrina se quedó sola...
—Ya era famosa.
—Sí.
—No necesitaba a nadie.
—Eso debió de creer, aunque yo la habría ayudado, ¿sabe?
Supuse que era cierto, pero no me imaginé a Vania viviendo con su tía o dejando que su
tía se convirtiera en su consejera, amiga, hada madrina...
—¿Eran amigas?
—Sí —dijo, segura de su respuesta—. Pero creo que yo le recordaba el pasado. Vanessa
me quería. Lo sé. Pero confiar, sólo confiaba en su criada. Bueno, ella decía que era más
bien su «chica-para-todo», secretaria, asistente, protectora... Yo no sé de dónde la sacó.
Era mulata, suramericana o algo así. Esa mujer la cuidaba, la protegía, la mimaba.
—¿Sabe cómo se llamaba?
—No.
—¿Y dónde puede estar ahora?
—Tampoco. Me parece que cuando Vanessa se casó con aquel impresentable, ella se fue.
Pero no estoy segura. De cualquier forma, y dijera lo que dijera mi sobrina, era la criada
y punto. Le tomó cariño y confianza, pero...
—¿Sabe si Vania, perdón, sabe si Vanessa —me costaba no llamarla por su nombre
artístico y profesional— tuvo contactos con su padre al morir su madre?
—Lo dudo. Valiente cretino. Nunca he sabido nada de él, salvo que se llamaba Vicente
Molins y que vivía en Madrid, aunque parece que se pasaba mucho tiempo fuera de casa.
Tenía los datos del padre de Vania, así que no seguí por ahí. A Luisa Cadafalch la
molestaba hablar de él. Tampoco yo estaba muy seguro de lo que aguantaría el
interrogatorio.
—¿Qué recuerda de la marcha de Vanessa?
—Pues no demasiado. Yo no estaba ahí, así que... —puso cara de resignación—. Después
del juicio por el asesinato de aquel hombre, estuvo en una clínica para combatir su
anorexia antes de que fuera tarde, y tras eso... hizo las maletas y se fue. Estaba harta.
Harta de todo, como ya se dijo entonces. Me llamó, me dijo que estaría mucho tiempo
fuera y eso fue todo. Le pregunté adonde iba y me dijo que aún no lo sabía, pero que
necesitaba descansar y reflexionar. La noté muy cansada, agotada. De pronto un día me
llamaron a mí, por ser su único familiar legal ya que su padre no contaba, y me dijeron
que tenía que recoger las cosas que ella había dejado en su piso. Era de alquiler y el
contrato había vencido. Nunca quiso tener nada suyo, eso sí lo sé. Decía que todo era
efímero, así que... metía el dinero que ganaba en un banco y punto.
—¿Cuánto tiempo había pasado desde su marcha hasta que la llamaron por lo del piso?
—Dos años. Ella dejó pagado el alquiler de ese tiempo mediante una cuenta en un banco.
Ni envió más dinero, ni se puso en contacto con los administradores para una renovación,
ni hizo nada de nada. Como no se sabía dónde localizarla, me avisaron a mí. Tampoco es
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que hubiera gran cosa en ese piso. Conserve un par de cajas con fotografías familiares
que guardé, y el resto lo di para la beneficencia, aunque como ya le digo, no era mucho.
Su ropa, sus objetos más personales, se los llevó con ella.
—Sin embargo, si pagó el alquiler del piso, es que pensaba volver.
—Cierto.
—¿Por eso piensa usted que está muerta?
—¿Qué otra cosa si no?
—Puede estar en cualquier parte, lejos de todo.
—¿Y la fama? —lo dijo como si eso fuera terminante—. Vanessa se hizo famosa. Era
famosa. A veces las estrellas, del tipo que sean, se cansan de su fama; pero tarde o
temprano todas vuelven a ella.
—Algunas no. Recuerde a Greta Garbo.
—Oh, sí, bueno... Casos aislados.
—Pudo serlo ella.
Notó que estaba de parte de Vania. Lo vio en mis ojos. Eso la relajó un poco más. A
veces, por debajo de su costra, asomaba la humanidad de una mujer hablando de su única
sobrina, la inesperada top model producto de una locura de su madre.
—Pienso que si Vanessa hubiera muerto, se habría sabido, y a usted se lo habrían
notificado —insistí.
—Yo pienso que si viviera, diez años es mucho tiempo para no ponerse en contacto con
su única familia.
Estábamos empatados.
Y no sólo eso: mi primera y mejor pista para saber la verdad no había dado resultado.
La pregunta era: si Vania aún vivía, ¿quién podía saberlo?

Las chicas de alambre cap.2

II
¿Quién tiene la oportunidad de buscar a la chica que le hizo soñar durante la primera
adolescencia, y encima que le paguen por ello?
Amo mi trabajo. Creo que es el mejor de cuantos hay. Te permite viajar, conocer gente,
escribir acerca de muchas cosas, fotografiar la vida —y a veces la muerte— y, en
general, percibir de una forma distinta el mundo, así que también lo entiendes un poco
mejor. Para muchas personas, no saber dónde vas a estar mañana es un conflicto, una
suerte de caos mental. Para mí, no. Es parte del sabor, parte de la emoción. Claro que no
puedes quedar con una chica a tres días vista, pero... Tampoco es tan grave.
El planeta Tierra es excepcional.
Me llevé de la redacción todo lo que encontré de las Wire-girls, las Chicas de Alambre,
juntas y por separado. Era mucho, pero no me importó. Pasé la mañana haciendo una
primera selección de material, desechando lo conocido o lo tópico, y el resto, a casa.
Mientras veía aquellas fotografías de Vania, de Jess Hunt, y de Cyrille, por mi cabeza
pasaron muchas cosas. Sí, suelo involucrarme en los trabajos, lo sé. Aún no había
empezado y ya me sentía involucrado en éste.
Miré la portada que las llevó a la fama y a compartir no sólo amistad, sino el nombre con
el que empezó a conocérselas debido a su extrema delgadez. Ahí estaban las tres, en
Sports Illustrated, con aquellos trajes de baño tan sexys, y ellas tan jóvenes, tan
hermosas, tan distintas. Una morena, una rubia y una negra. Integración en los comienzos
de la «Era del Mestizaje». Aparecer en la portada de Sports Illustrated es consagrarse en
el mundo de las top models. Aquel año se consagraron tres. Vania, con su largo cabello
negro, sus ojos grises, profundos, dulcemente tristes siempre, la nariz recta y afilada, el
mentón redondo, los labios carnosos, su imagen de perenne inocencia juvenil que tantos
estragos había causado entre fans y admiradores. Jess Hunt, rubia como el trigo, cabello
aún más largo y rizado con profusión, ojos verdes, siempre sonriente, chispeante, con su
enorme boca abierta y sus dientes blancos como una de sus muestras de identidad,
mandíbulas firmes, frente y pómulos perfectos. Y Cyrille, negra y de piel brillante como
el azabache, cabello corto, ojos de tigresa oscuros y misteriosos, boca pequeña, labios
rojos de fresa, rostro cincelado por un Miguel Ángel africano capaz de consumar una
obra maestra. Y por supuesto, lo más característico de las tres: su estatura, metro ochenta,
su tipo moldeado por una naturaleza milimétrica... y su extrema delgadez.
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Sobre todo, ella.
La delgadez que las llevó primero al éxito, que incluso les dio un nombre, y que,
finalmente, las acabó matando.
Las Chicas de Alambre.
Rotas.
Conocía los datos, pero los detalles se me habían hecho borrosos en la mente por el paso
de los años; así que en casa estuve hasta pasadas las dos de la madrugada leyendo y
rememorando todo aquello. Investigar sobre Vania era hacerlo sobre las tres. Su destino
también fue común. Asombrosamente común.
Cyrille se llamaba en realidad Narim Wirmeyd. Había nacido en El Cairo, Egipto, pero
era hija de somalíes.
Su historia era una mezcla de cuento espantoso extraído del reverso de Las mil y una
noches. Su padre la vendió a un traficante de camellos después de regresar a Somalia,
cuando tenía doce años. El traficante, de sesenta, no pudo con los deseos de libertad de su
joven pupila, o lo que fuese, así que ella se le escapó a los pocos meses, ya con trece
años. La publicidad posterior, cuando llegó el éxito, había «engordado»
convenientemente la odisea de la niña, ya de por sí especial y dramática; pero la realidad
era mucho más simple. Narim escapó de su «dueño», pasó la frontera, llegó a Etiopía...
Allí logró despertar el interés de un hombre de negocios británico, que la empleó en su
casa, y al año, un amigo de éste, un francés, se la llevó a París. Con quince años y
caminando por los Campos Elíseos, Jean Claude Pleyel, cazatalentos y dueño de una de
las mejores agencias de Francia, supo ver en ella lo que muy poco después verían
millones de ojos en el mundo: que era especial, capaz de enamorar a la cámara y de
vender lo que se pusiera encima, ya fuera ropa o un perfume. Así nació Cyrille, su
nombre artístico.
Jess Hunt era el reverso de la moneda. Estadounidense, nacida en Toledo, Ohio, familia
de clase media, respetable, religiosa en grado superlativo, y convertida en una pequeña
reina de la belleza desde la infancia. Su madre le dijo una vez: «Dios te hizo hermosa
para algo; de lo contrario te habría hecho como a cualquier otra mujer. Haz, pues, que el
Señor se sienta orgulloso de ti.» Eso había sido el detonante. Después llegó lo de Miss
Ohio, además de otras muchas cosas siempre relacionadas con la belleza. Jess hizo una
rápida y meteórica carrera. Fue la que lo tuvo más fácil de las tres. Incluso utilizaba su
verdadero nombre.
Y por último, Vania, es decir, Vanessa Molins Cadafalch, nacida en Barcelona, España,
hija natural de una mujer llena de voluntad y decisión que fue siempre el ángel tutelar de
su carrera hasta que el éxito le dio alas y la independencia. El padre, casado, por lo
menos la reconoció; pero eso fue todo. Más tarde, la madre murió de un cáncer de pecho.
Su única familia, al margen del padre que no volvió a ver, era una tía soltera, hermana de
su madre, que nunca quiso figurar en los periódicos. Al contrario que Cyrille y que Jess, a
Vania no la descubrió ningún cazatalentos paseando por el Paseo de Gracia de Barcelona,
ni fue Miss nada. Por voluntad propia, porque quería ser modelo, se matriculó en una
agencia para aprender siendo una niña, y pasó por todos los grados de la servidumbre
antes de dar el salto. Interinamente, sin embargo, quien sí la descubrió fue el fotógrafo
que a los trece años le hizo su primera sesión «como mujer» y le vaticinó el futuro. Vania
creyó en él además de en sí misma.
Cuatro años después, las tres, con apenas diecisiete o dieciocho años, fueron reclutadas
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para aquella portada de Sports Illustrated. La agencia Pleyel de París las llevaba. En unos
días, el mundo ya las había bautizado con aquel nombre, Wire-girls, debido a su delgadez
paradigmática. Su cotización se disparó. Juntas fueron el modelo de miles de chicas, tan
anoréxicas como ellas por degeneración. Juntas crearon un estilo por encima de los
estilos que ya propugnaban la delgadez física, y juntas sucumbieron en unos pocos años.
Cyrille fue la primera en morir, suicidada al saber que tenía el sida. Se había escrito
mucho acerca del por qué de su decisión, pero parecía obvio que una de las mujeres más
bellas del mundo no quería ver su decrepitud física. Lo de Jess fue más complicado.
Primero, el escándalo originado al saberse que había abortado. Segundo, su propia
muerte, a los escasos meses de la de Cyrille, causada por una sobredosis de drogas.
Tercero, el asesinato del hombre que la introdujo en el mundo de las drogas, el mismo
Jean Claude Pleyel, que desde París las llevaba a las tres en exclusiva. El autor del
crimen había sido Nicky Harvey, el apasionado y loco novio de Jess, vengador
implacable de la suerte de su amada. El juicio por el crimen acabó de empañar la historia
de la dulce, rubia y virginal Jess Hunt. Imagen perfecta de la América sana y maravillosa
que preconizaban los propios estadounidenses.
Por último, estaba Vania.
Después de andar con un noviete a los dieciséis años, noviete que por supuesto salió a la
luz más tarde para sacar tajada del tema, a los diecisiete le había llegado el éxito
internacional por aquella portada. A partir de ese instante lo rentabilizó al máximo. A los
veinte fue muy sonado su idilio con un famoso cantante roquero español. La Bella y la
Bestia. Y a los veintitrés, su boda inesperada con un marchante de arte neoyorquino,
seguida de un divorcio rápido; todo ello en plena cumbre profesional. Un año después
todo se torció definitivamente. La muerte de Cyrille, la muerte de Jess, el juicio del novio
de Jess en el que ella tuvo que testificar, y el adiós.
Tenía veinticinco años.
La misma edad que yo en este momento.
Veinticinco años y dijo adiós, lo dejó todo. La desaparición más inesperada. Su última
pista provenía de una clínica en la que Vania intentó recuperarse de su anorexia, casi al
límite.
Viendo aquellas fotos, especialmente las de Vania, supe que no iba a ser un trabajo fácil.
Era como si a un beatlemaníaco le hubiesen encargado buscar a John Lennon vivo. Vania
había sido una musa, una imagen de marca, un espejo, un símbolo; muchas cosas además
de una muñeca rota. El mundo de la moda las olvidó rápido, a las tres. Cada año surgían
nuevos rostros, nuevas historias, y las pasarelas encumbraban a media docena de nuevas
diosas de la imagen, con sus nuevas estéticas y sus nuevas formas. La palabra clave era
ésa: nuevo. Joven y nuevo. Brillante y nuevo. Velocidad.
Sin embargo, la fascinación que las Chicas de Alambre ejercieron sobre las adolescentes
de aquel tiempo creo que aún no había sido superada. Pese a su aspecto enfermizo por
culpa de las drogas y la anorexia, las auténticas lacras de ese mundillo tan duro, habían
sido amadas, deseadas, utilizadas.
Un modelo a seguir.
Casi parecía un chiste, el peor de los contrasentidos. Un modelo a seguir y su fin había
sido tan triste como...
¿Dónde estaría Vania?
¿Por qué, en diez años, aquel silencio devorador?
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¿Y si, a fin de cuentas, estaba muerta?
No sabía por dónde empezar, pero no me traumaticé por ello. No era la primera vez que
debería hacer de detective privado siguiendo una pista, buscando un dato o guiándome
por entre vericuetos impensables, con el objeto de dar con lo que necesitaba para un
reportaje. Y tampoco sería la última.
Dije lo mismo que Escarlata O'Hara en la escena final de Lo que el viento se llevó:
—Mañana será otro día.
Y me acosté con la cabeza llena de Cyrille, de Jess y de Vania.
Sobre todo de Vania.

Las chicas de alambre - Jordi Sierra i Fabra Cap.1

I
Aquel día me dormí.
Había estado trabajando hasta tarde, terminando un artículo no demasiado brillante sobre
la moratoria para la caza de ballenas y el hecho de que noruegos y japoneses se la pasaran
por el forro cuando les convenía. Me caen bien las ballenas. Pero el problema es que
cuando algo me afecta, pierdo la visión periodística, dejo de ser objetivo, tomo partido y
entonces... acabo escribiendo panegíricos bastante densos. Ideales para los boletines
informativos de Greenpeace o de Amnistía Internacional, pero no para una revista.
Aunque la dueña sea tu propia madre.
Por esa misma razón, ese día, al despertar a las diez de la mañana, me quedé sin aliento.
No por ser Paula Montornés la propietaria y directora de Z.I. tienes más privilegios que
los demás o puedes hacer lo que te dé la gana.
Me aseé, duché y vestí en diez minutos. Ni siquiera desayuné. Dejé mi desordenado
apartamento a la carrera —es tan pequeño que cualquier cosa fuera de sitio ya crea
sensación de desorden y caos— y llegué a la redacción pasadas las diez y media, porque
no quise saltarme ningún semáforo pese a preferir la moto por razones obvias. La primera
sonrisa de la mañana me la dirigió Elsa, sentada como siempre al frente de su mesa en
forma de media luna, debajo del logotipo de la revista inserto en la pared situada a sus
espaldas. Nos llevábamos bien. Bueno, aunque Elsa sea la recepcionista de Z.I., lo cierto
es que me llevo bien con todas las recepcionistas y telefonistas que conozco. Son la clave
para acceder a sus jefes, para que te digan si están o no están, o a qué restaurante van a ir
a comer o cenar. Ellas, y las secretarias. Un buen periodista debe saber eso.
—Buenos días, Jon —me deseó, antes de darme directamente la noticia—: Tu madre
quiere verte ya mismo.
Me olí la bronca. Mamá es de las que aterriza en la oficina a las nueve en punto. Como
un reloj.
Ella no actúa «fuera», claro. Ya no ha de tomar aviones, ni quedar con gente que vive
lejos, ni...
—¿Cuándo ha dado la orden de busca y captura?
—Hace una hora. Y la ha repetido hace veinte minutos.
Eso era mucho. Me la iba a ganar. Despedirme, no podía despedirme, pero casi.
Ni siquiera fui a mi mesa. Tampoco tenía nada para dejar en ella. Mientras caminaba en
dirección al Sacrosanto Templo Central de la casa, le dejé el disquete con el artículo a
Mariano, el Hombre Para Todo. No tuve que decirle nada. Ya lo tenía metido en el
ordenador antes de que yo diera tres pasos más.
Llamé a la puerta del despacho de mi madre y, tras abrirla, metí la cabeza, sin esperar una
respuesta procedente del interior. Ahí sí tengo privilegios. Una vez, al morir mi padre,
ella me dijo: «Mi puerta estará siempre abierta para ti, hijo. Recuerda que soy tu madre.»
Y nunca lo he olvidado.
Estaba de pie, apoyada sobre la pantalla luminosa, examinando unas diapositivas con su
buen ojo profesional. Ya sabía que era yo, porque no se movió. Me aproximé a ella. Las
diapositivas eran del último Premio Nobel de Literatura en su casa.
Desde luego, en Zonas Interiores no somos nada convencionales.
3
—Hola, mamá —suspiré, como si acabase de salir de un atasco de mil demonios—.
Siento...
Levantó una mano. Señal inequívoca de: «No-me-cuen-tes-ro-llos-que-me-los-sé-to-
dos.» Me cortó en seco.
De todas formas, me di cuenta de que no estaba enfadada, sólo ansiosa.
Y cuando mi madre se pone ansiosa, es por algo de trabajo. Y si me afecta a mí, es que
voy a tenerlo, y en serio. Muy en serio.
—¿Te gusta ésta?
El Premio Nobel de Literatura estaba sentado en una butaca, con una cara de úlcera
sangrante total. Me pregunté por qué no se lo daban a gente más simpática. Y también
por qué no estaban ellos más contentos después del Nobel. Aunque aquel hombre, los
millones, ya no iba a poder gastárselos, seguro. Así que a lo mejor estaba con esa cara
por ese detalle. Me habría gustado ver la de sus hijos, hijas, nietos, nietas...
—No irá en portada, ¿verdad?
—¿Estás loco?
Nuestra revista es de actualidad, y seria, pero en portada tratamos de poner cosas con
gancho.
—Entonces, sí. Está bien.
Dejó la diapositiva a un lado, apagó la luz de la pantalla, recogió su bastón, apoyado en la
pared de la derecha, y cubrió la breve distancia que la separaba de su mesa, como
siempre atiborrada de papeles. Mi madre tiene cincuenta años, exactamente el doble que
yo, pero la cojera no guarda relación alguna con la edad. La pierna derecha le quedó casi
destrozada en el mismo accidente de coche en el que perdió la vida mi padre.
Esperé a que se sentara en su butaca.
Lo hizo, se apoyó en el respaldo, juntó las yemas de sus dedos y me miró a los ojos.
—¿Recuerdas a Vania?
Así que era eso.
—Claro, ¿cómo no iba a acordarme de ella? Creo que no saqué su póster de mi
habitación hasta hace tres o cuatro años.
—Lo recuerdo —asintió con la cabeza sonriendo, evocando el último tiempo en el que,
como un buen hijo no emancipado, aún viví con ella.
—No me digas que ha reaparecido.
—No, y de eso se trata —dijo Paula Montornés, recuperando todo su carácter de
directora—. Dentro de un par de meses hará diez años que desapareció sin dejar rastro.
Diez años ya. Es un buen momento para desenterrar el tema, investigarlo, y publicar un
artículo, de ella como piece de resistence, pero también de las otras dos.
Me senté en una de las sillas, al otro lado de la mesa.
—Puede ser caro —tanteé.
—Pagamos cinco millones hace un mes por lo de Alee Blunt, y a una agencia. Esto nos
haría vender más, y sólo por derechos internacionales, si la cosa resulta... ¿Te imaginas
que, encima, dieras con ella? Nos lo quitarían de las manos. París Match, The Sun, Der
Spiegel, Times... Olvídate del dinero.
No siempre decía eso.
—¿Y si han tenido la misma idea?
4
—Sería posible. Ya sabes que creo en la energía —movió los dedos como si tuviera
delante una nube invisible—. Por eso hay que moverse ya mismo y no esperar. Aunque
sólo sea para escribir un buen artículo, ya valdrá la pena. Los personajes del drama, diez
años después. Pero algo me dice que vas a encontrarte con sorpresas.
—Dios —yo también me apoyé en mi silla—. Las Wire-girls, las Chicas de Alambre.
Vania, Jess y Cyrille. ¿Crees que la gente aún se acuerda de ellas?
—Vamos, ¿qué dices? Fueron una leyenda en su momento.
—Sí, pero una leyenda efímera, como todo en el mundo de la moda.
—Todas las leyendas viven y sobreviven, Jonatan.
Era la única que aún me llamaba Jonatan y no Jon.
—¿Qué quieres que haga exactamente?
—Que hables con la gente que las conoció y que indagues lo que pasó con Vania. Puede
que esté muerta, puede que no. Pero diez años después... ¿lo entiendes, no? Se publicó
mucho del tema entonces, y algunas personas no quisieron hablar mientras que otras
hablaron demasiado. Ahora tal vez sea diferente. El tiempo te da una perspectiva distinta
de las cosas.
—Vania era española, pero Jess era americana y Cyrille egipcio-somalí, parisina...
—¿Tienes algo que hacer las próximas dos semanas, un plan, un ligue? —abrió sus
manos explícitamente—. Porque si es así, se lo encargo a otro.
—¡No, no! —salté de inmediato—. No te hacía más que una observación.
—Jonatan —se acodó en la mesa, señal de que atacaba de firme—. Esto puede ser muy
bueno. Ya conoces mi instinto. Con él y un buen trabajo de investigación, de esos que
sueles hacer de tarde en tarde —me pinchó deliberadamente—, esto será una bomba. Y te
lo repito: no te digo nada si encima la encuentras.
—¿Tú crees que... ?
—Oye: Vania se largó, dijo «adiós» y desapareció. Ha de estar en alguna parte.
—Si no la encontraron entonces.
—Entonces fue entonces. Si no quería ser encontrada, nadie iba a encontrarla, como así
fue y por inexplicable que resultase. Pero ahora han pasado diez años. En primer lugar,
estará relajada, no en tensión esperando que un paparazzi dé con ella. Y en segundo
lugar, ya no será aquella chica mágica que deslumbró al mundo. Quién sabe. Todo es
posible. Pero me huelo algo bueno, hijo. Y cuando yo...
—Sí, mamá, lo sé.
—Tú también lo tienes, Jonatan —me dijo, con algo más que cariño profesional, aunque
lo disimuló agregando—: Por eso estás aquí. ¿O pensabas que era por ser hijo de la jefa?
—He tenido algunas exclusivas de primera, ¿no? —le recordé.
Paula Montornés, editora, propietaria y directora de Zonas Interiores, se convirtió de
nuevo en mi madre.
—Has salido a tu padre —reconoció con ternura.
Era el momento. Me levanté, rodeé la mesa y la abracé sin que ella se levantara de su
butaca. A veces olvidaba hacerlo. Y ella no me lo pedía jamás, aunque yo sabía que lo
necesitaba. Fueron apenas unos segundos de directa intimidad. Después la besé en la
cabeza, por entre su siempre alborotada melena, e inicié la retirada.
—No subas nunca a un avión que se vaya a caer, hijo —me recordó.
5
—Descuida, mamá.
La eché un último vistazo. Sentada allí era una diosa, la dueña de un pequeño, muy
pequeño reino, pero diosa a fin de cuentas, con un prestigio ganado a pulso. Los premios
que llenaban aquellas paredes, algunos de mi padre, pero la mayoría de ella, no eran
gratuitos. El World Press Photo, el Pulitzer de fotografía, reconocimientos profesionales,
periodísticos, portadas de las mejores exclusivas dadas por Z.I., fotografías de papá, pero
más aún de mamá con diversas personalidades y en muchas partes distintas del planeta...
Antes del accidente era la mejor. Y ahora también.
Yo estaba en ello.
Tenía una buena maestra.
Y un trabajo por hacer que ya me picoteaba en los dedos desde aquel mismo instante.

jueves, 7 de marzo de 2013

1065

Retira tus Barrotes, Muerte
Deja entrar los Rebaños agotados
cuyos balidos dejan de repetirse
cuya errancia acabo

Tuya es la noche mas serena
tuyo el Redil seguro
Demasiado cercana para quienes Te buscan
y demasiado tierna, para poder decirte.

sábado, 2 de marzo de 2013

Todavía

No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría

palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa

sin embargo todavía dudo
de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía

pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido

y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
                    todavía

sábado, 2 de febrero de 2013

El amor en los tiempos del colera


Introducción
En el presente trabajo se va a mostrar un poco de lo que es la novela ‘’El amor en los tiempos del cólera’’, en si no será un resumen de esta sino que llevara lo que un lector en este caso la presente comprendió de la novela y le da un sentido propio un  significado diferente a lo que el autor nos presenta. Cada persona piensa diferente por ello cada comentario es propio de quien lo piensa es solo un razonamiento una interpretación que cada quien da.
     Se presentara primeramente la biografía del autor García Márquez para comprender un poco más sobre este, la forma en que paso una parte de su vida y unas cuantas de sus obras que escribió hace tiempo, es de los mejores escritores de Latinoamérica y ha ganado premios gracias a su trabajo como novelista.
     García Márquez autor de la novela ‘’El amor en los tiempos del cólera´´ nos muestra una historia de amor no muy común actualmente ni mucho menos en el tiempo en el cual fue escrita ya que nos cuenta como un muchacho es tan perseverante que a pesar del tiempo logra estar con quien fuese su primer amor, así es como en esta historia uno se puede encontrar con cosas nuevas o ya vividas.
      Las personas pueden llegar a identificarse con los protagonistas tal vez al momento de leer el libro, realmente es una historia que te atrapa, buscas lo que sucederá y así es como te vas dando cuenta o más bien te vas formando un concepto diferente de lo que es realmente el amor. Aunque para este cada quien tiene su propio concepto y su forma de vivirlo.

Gabriel García Márquez
Novelista colombiano. Afincado desde muy joven en la capital de Colombia, Gabriel García Márquez estudió derecho y periodismo en la universidad Nacional e inició sus primeras colaboraciones periodísticas en el diario El Espectador.
     A los veintisiete años publicó su primera novela, La hojarasca, en la que ya apuntaba los rasgos más característicos de su obra de ficción, llena de desbordante fantasía. A partir de esta primera obra, su narrativa entroncó con la tradición literaria hispanoamericana, al tiempo que hallaba en algunos creadores estadounidenses, sobre todo en William Faulkner, nuevas fórmulas expresivas.
     Comprometido con los movimientos de izquierda, Gabriel García Márquez siguió de cerca la insurrección guerrillera cubana hasta su triunfo en 1959. Amigo de Fidel Castro, participó por entonces en la fundación de Prensa Latina, la agencia de noticias de Cuba. Tras la publicación de dos nuevos libros de ficción, en 1965 fue galardonado en su país con el Premio Nacional.
     Sólo dos años después, y al cabo de no pocas vicisitudes con diversos editores, García Márquez logró que una editorial argentina le publicase la que constituye su obra maestra y una de las novelas más importantes de la literatura universal del siglo XX, Cien años de soledad. Tras una temporada en París, en 1969 se instaló en Barcelona, donde entabló amistad con intelectuales españoles, como Carlos Barral, y sudamericanos, como Vargas Llosa. Su estancia allí fue decisiva para la concreción de lo que se conoció como boom de la literatura hispanoamericana, del que fue uno de sus mayores representantes.
     En 1972 Gabriel García Márquez obtuvo el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, y pocos años más tarde regresó a América Latina, para residir alternativamente en Cartagena de Indias y Ciudad de México, debido sobre todo a la inestabilidad política de su país.
     Su prestigio literario, que en 1982 le valió el Premio Nobel de Literatura, le confirió autoridad para hacer oír su voz sobre la vida política y social colombiana. Su actividad como periodista queda reflejada en Textos costeños, de 1981, Entre cachacos, de 1983, compendios de artículos publicados en la prensa escrita, o Noticias para un secuestro, amplio reportaje novelado editado en 1996 que trata de la dramática peripecia de nueve periodistas secuestrados por orden del narcotraficante Pablo Escobar. Relato de un náufrago, reportaje sobre un caso real publicado en forma de novela en 1968, constituye un brillante ejemplo de «nuevo realismo» y refleja su capacidad para cambiar de registro.
     En cine ha intervenido en la redacción de numerosos guiones, a veces adaptaciones de sus propias obras, y desde 1985 comparte, con el cineasta argentino Fernando Birri, la dirección de la Escuela Internacional de Cine de La Habana.

El amor en los tiempos del cólera
Esta novela escrita por  Gabriel García Márquez nos presenta el amor como tema principal en si lo mas importante es este libro, porque en si toda la novela está girando alrededor de este. En si hay distintos tipos de amor como lo es el amor de padres a hijos, de hermanos, de amigos, de pareja y tal vez de cosas, es claro.
          Pero también hay diferentes puntos de vista de lo que es el amor, pues para un niño el amor puede solo referirse a la madre o a su osito de peluche, para una chica puede ser el amor de novios un tanto cursi, en cambio para un chico puede ser más pasión o simplemente gusto que amor pues no hay una definición exacta de lo que es, realmente todos conocen, dan y aceptan un amor diferente al que ven en las películas pues cada persona es diferente. El que una  persona mantenga una relación estrecha con alguien más signifique que es amor de pareja puede ser amor  de amigos, tal vez haya en algún lugar el concepto exacto de esta palabra, realmente no lo creo.    
          El amor protagoniza esta novela, García nos lo muestra con cada uno de los personajes pues esta novela es un tanto tediosa ya que conforme aparece un nuevo personaje nos va contando la historia de este desde su inicio  hasta su fin, todos los personajes presentan un amor diferente claro esta del uno con el otro pero siempre hay amor  de padre, amigos, familia, pareja; en fin cada uno con características propias pero sigue siendo amor.
           En esta historia nos muestran muchas formas de amor como lo es el amor de padres en el caso de Lorenzo Daza con su hija Fermina el cual hizo muchos sacrificios por ella la mantenía a salvo y lejos de lo que era su trabajo, la educo como él supo, realmente como recordaba a su esposa pues Fermina se parecía mucho a su madre, para que ella pudiese casarse con un buen hombre, Tránsito Ariza madre de Florentino la cual trataba de darle una buena vida  lo ayudaba y siempre estaba para escucharlo en cualquier momento, realmente estuvo con él hasta el final de sus días.
          Florentino Ariza enamorado desde los 18 años de edad perdidamente de Fermina Daza, toda su vida estuvo dispuesto a esperar para  poder estar con ella nuevamente pues le fue fiel ya que no formalizo con nadie y no llego a amar a nadie más como a ella; le juro amor eterno y sin más lo cumplió estuvo libre para ella, para cuando ella decidiera regresar con él aunque pasara el tiempo lentamente el siempre iba a estar esperándola,  ¿A esto realmente se le puede llamar amor?
          Parece un amor obsesivo ya que comenzó de una forma extraña pues él la veía andar con su tía, sabía a qué hora y por donde pasaba y siempre estaba ahí para verla, comenzaron a mandarse cartas, se comprometieron por este medio, pero cada uno se enamoro de una forma distinta y de algo diferente. Florentino a mi parecer se obsesiono, le gustaba como era ella, su forma de andar, de tratar a los demás, en si su conducta  de Fermina la cual en si pareciese que solo le gustaba el juego de las cartas y nada más de él ya que este tenía un gran talento para escribir y a ella la hacía imaginarse muchas cosas más.
         Fermina se caso con Juvenal Urbino realmente no se amaban pero se casaron, cada uno tuvo su razón para hacerlo Fermina tal vez por el por lo que este era en la sociedad un hombre muy honorable, el por la altivez de ella era toda una dama a tan corta edad; parecen más intereses que amor, se acostumbraron el uno al otro y se mantenían como amigos, confiaban el uno con el otro en algunos aspectos pero ante todo el mundo parecían la pareja perfecta.
          Se conocían bien ambos se llevaban bien y el uno sabia que el otro realmente no lo amaba pero pareciese que no les importara pues se llevaban muy bien, Fermina Daza aparentemente parecía la madre de juvenal puesto que  lo trataba como s fuese su bebe, este llego al punto de depender de ella hasta apara vestirse, bañarse, entre otras cosas, ella estaba tan acostumbrada a servirle que no le importaba hacerlo parecía hasta gustarle. Dependiente el  de ella, en si esto parece menos amor o parece más confundido; me refiero a que este paree amor de madre e hijo, el necesitaba ya de ella y ella lo cuidaba está más que claro.
          Florentino mantenía un amor pasional con muchas mujeres como con Sara Noriega, con la cual compitió en los juegos florales, se veían muy a menudo y solo para tener relaciones sexuales, Olimpia Zuleta con la cual mantuvo un romance que no tuvo fin ya que gracias a que él le había escrito algo en el vientre el esposo de esta la mato por infiel, La Viuda de Nazaret esta fue su primera amante, América Vicuña ella era pariente de Florentino  tenía 14 años de edad y para ese tiempo el ya era un anciano la cuidaba supuestamente pero fue con el primero que esta niña tuvo relaciones eran pareja por un tiempo la llevaba cada sábado a hacer el amor a su oficina, ella se suicido ya que el no quiso continuar con ella ¿realmente se habrá enamorado? A mi parecer es dudoso, pues era muy pequeña y no conocía a un chico de su edad, solamente lo conocía a él quien le mostro el amor pasional entre un hombre y una mujer, en si solamente era pasión o el placer de hacerlo.
          Así es como Florentino Ariza va teniendo amoríos como suelen llamarle con muchas mujeres viudas o solitarias como lo era él, a este le gustaba mucho hacerlo pues solamente así se sentía querido, mantenía relación con  señoras grandes las cuales le daban el amor parecido al de su madre, ahí también estaba Leona Cassiani con la cual Florentino trato de tener relaciones pero ella solo lo veía como un gran amigo no sin más como un hijo mismo pues llegó a decirle que ella podía ser su madre por ello el ya no intento nada con ella y hubo una gran amistad después de la muerte de su madre.
          Amor de familia también se presenta en la novela con la prima Hildebrana Sánchez de Fermina Daza y su tía Escolástica, las cuales la querían mucho ya que cuando Fermina estaba en pleno amor con Florentino la ayudaron a estar en contacto con él, para que no quedara triste o sola , deprimida como su prima por el amor de su vida a causa de que los separaron o sola como su tía quien nunca encontró el amor aparte de que se la pasaba cuidando de su sobrina pues parecía más su hija ya que ella fue quien la crio después de la muerte de su madre, su padre la cuidaba y trabajaba mucho para darle lo mejor, lo que él no tuvo.
          Fermina Daza tuvo hijos  con Juvenal Urbino a los cuales amaba obviamente no eran un fruto de un gran amor, pero seguían siendo sus amados hijos, los crio como la habían criado a ella solo que con la excepción de que ellos disponían de recursos así que iban a la mejor escuela tenían modales como su madre les enseñaba eran, educados, dignos hijos de una dama.
          Toda la historia gira alrededor del amor y fidelidad eterno prometido por un enamorado, Florentino Ariza a Fermina Daza, este espera más de cincuenta años para poder estar nuevamente con ella, la mujer a la que amo desde que era adolescente y ahora siendo ya un anciano aun la ama como si hubiese sido el principio de un amor como ningún otro. Tanto tiempo espero el amor de dos ancianos, ambos su primer amor, cada uno hizo una vida diferente, con personas diferentes, se veían de vez en cuando aunque ella realmente no se llego a enamorar como él, le quería demasiado. Al final están juntos en un río, solamente se tienen el uno al otro, su amor, su pasión; logra vencer el pasado, la espera termina; al fin están juntos.

Conclusión
Una gran historia de amor que a muchos les gustaría vivir, romantica si pero sin embargo es triste, ya que hubo demasiados contratiempos para que estos protagonistas no estuviesen juntos, paso el tiempo las cosas, todo cambio los lugares, las personas y los sentimientos, realmente me pregunto ¿fue amor? No lo se Florentino se obsesiono demasiado con Fermina, ¿una persona puede vivir toda una vida esperando a alguien? Solo para estar con esa persona unos pocos años.
          No tengo respuesta para esta pregunta pero como lo mantengo en mi mente todos pensamos y sentimos de una forma muy diferente, uno no puede ser igual a otro si es así uno de los dos no tiene identidad. Todo ser humano puede enamorarse, cómo y cuando realmente no se sabe.
          A mí me gusto mucho esta novela, me gusta que si aparece un personaje nos diga el autor de donde salió y como es que va a desaparecer, es una historia de amor claro está, pero que me dejo un aprendizaje sobre las personas, no todas son lo que aparentan algunas no saben cómo son otras lo saben demasiado bien y tratan de ser diferentes.
          Esta es una gran novela escrita por una gran persona que nos deja mucho en la mente, nos hace pensar, nos lleva de la mano para que el lector pueda ir imaginándose cada una de las cosas en el tiempo en que se escriben, nos llena la mente de ideas, nos muestra cómo eran antes las personas, donde importaba mucho como te vieras ante todos.
Ciberografía
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